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domingo, 9 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS

Comienza la Semana grande de la fe cristiana. Con la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. “Bendito el que viene...” grita con entusiasmo el pueblo al ver entrar a Jesús a lomos de un borrico en la ciudad Santa de Jerusalén. Jesús acepta este espontáneo homenaje de las gentes y ante las críticas de los fariseos que piensan que la multitud exagera dice: "Os aseguro que si éstos callaran hasta las piedras gritarían" (Lc 19,39). 

 El contraste entre las alabanzas del pueblo y la ausencia en la entrada de Jesús en Jerusalén del aparato que acompaña a los dirigentes de este mundo, es sencillamente prodigioso. El Señor se acerca a la ciudad y al pueblo elegido en el trono modesto y común de un asno. Los discípulos comprenderán esto más tarde. Mateo precisamente relaciona esta entrada de Jesús con las profecías del Antiguo Testamento que aluden a su carácter mesiánico acorde con la imagen del Siervo de Yahvé de Isaías (1ª lect) Esta entrada es un anuncio de la verdadera realeza de Cristo, humilde y sufriente, tan alejada del falso mesianismo esperado por los judíos. 

 Las hojas de palma, escribe San Agustín, son símbolo de homenaje, porque significan victoria. El Señor estaba a punto de vencer, muriendo en la Cruz. Os ayudará a entender lo que Jesús nos pide este día el siguiente recuerdo. Sevilla, domingo de Ramos de 2009. El sol baña la cálida tarde perfumada de azahar. Una abigarrada muchedumbre contempla la primera procesión de la Semana Santa sevillana. 

Delante del soberbio paso barroco, que representa la entrada del Señor en Jerusalén, una multitud festiva y alborozada de niños nazarenos, con sus palmas y ramos, hace aún más vivo el misterio de este día. Uno de los niños de la comitiva se dirige a otro que está contemplando el paso de la procesión. Le dice sonriendo: ¿Por qué no vienes con nosotros? 

Debemos hacer nuestra la invitación de este niño para vivir lo esencial: acompañar al Señor durante estos días, revivir las escenas de su Pasión, Muerte y Resurrección como un personaje más. Nos llenaremos de esperanza porque Jesús nos ha salvado con su triunfo en la Cruz. Y nos llenaremos de responsabilidad. Esa salvación –que implica la felicidad aquí y la plenitud en la otra vida- se hará realidad, si seguimos los pasos de Cristo y luchamos por cumplir nuestros deberes de cristianos. 

 La paz, decía San Josemaría, es consecuencia de la guerra, de la lucha, de esa lucha ascética, íntima, que cada cristiano debe sostener contra todo lo que en su vida no es de Dios: contra la soberbia, la pereza, la sensualidad, el egoísmo, la superficialidad, la estrechez de corazón. Una lucha, en fin, segura y confiada porque –como Cristo- venceremos. El nos acompaña siempre. "Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús", escuchamos en la segunda lectura. 

Estas palabras tomadas probablemente de un himno cristológico de los primerísimos tiempos del cristianismo, constituyen el mejor pórtico para comprender el significado de la Pasión del Señor que leemos hoy. Es como una apretada síntesis de la fe cristiana cuyo núcleo es Cristo: su preexistencia divina, su anonadamiento por la Encarnación, Pasión y Muerte, su Resurrección victoriosa y el reconocimiento del Universo entero que le adora como Señor para gloria de Dios Padre. 

 La lectura de la Pasión es tan sobrecogedora y elocuente que casi el silencio recogido y devoto sería lo recomendable. Con todo, a parte de hacer el propósito de meditarla con detenimiento en esta Semana Santa, recordemos que la Pasión y Muerte en la Cruz por nosotros es el testimonio más claro y conmovedor del inmenso amor que Dios siente por el hombre. Sí, "tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregar a su propio Hijo..." (Jn 3,16). S. Pablo lo dirá con una elocuencia que no es de este mundo: "Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? 

El que ni a su propio Hijo perdonó... ¿Quién acusará a los elegidos de Dios?... ¿Cristo Jesús que murió, más aún, que resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?... Estoy persuadido de que ni la muerte ni la vida..podrá separarnos del amor de Dios." (Rm 8,31-38).

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