Con la parábola de la viña el Señor nos anima a buscar la santidad cristiana en las tareas ordinarias. Acompaño mi reflexiones
Con la parábola de la viña el Señor nos anima a buscar la santidad cristiana en las tareas ordinarias. Acompaño mi reflexiones
Con la llamada a trabajar en la viña, el Señor nos impulsa a recomenzar -siempre que haga falta- en nuestros afanes diarios. Acompaño mis reflexiones
La llamada a la viña y la alegría de recomenzar

Homilía Trabajadores en la viña del mundo
El Señor nos asombra con la medida inmensa de su perdón. Acompaño varias reflexiones
“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Estas palabras del Salmo Responsorial resumen la enseñanza que la Iglesia nos recuerda en este Domingo: perdonar de corazón a quienes nos ofenden como el Señor perdona nuestras faltas.
El Evangelio que acabamos de escuchar nos sitúa en el corazón mismo de la vida de la Iglesia. El mensaje de Jesús no hace impecables a los hombres; pero sí nos pide amarnos unos a otros a pesar de nuestros defectos y errores. Hoy, el Señor nos regala tres enseñanzas fundamentales para vivir la caridad cristiana: la corrección fraterna, el misterio de la Reconciliación y la fuerza de la oración en común.
LA LÓGICA DE LA CRUZ Y EL CORAZÓN ENAMORADO
Pocos momentos en el Evangelio muestran con tanta claridad el contraste entre los pensamientos del hombre y la lógica de Dios como este pasaje de San Mateo. Apenas un momento antes, Pedro ha protagonizado una confesión de fe sublime: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Jesús confirma sus palabras y le da las llaves del Reino. Sin embargo, en cuanto el Maestro comienza a anunciar el verdadero camino del Mesías —la Pasión, la Muerte en Jerusalén y la Resurrección—, Pedro se asusta, lo lleva aparte y llega a reprenderlo: «¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso».
Con la luz divina de la Fe que el Señor nos concede responderemos como Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Acompaño varias reflexiones
El Señor podría dirigirnos hoy esta misma pregunta: ¿Quién soy Yo para vosotros? La diversidad de opiniones de entonces con respecto a Jesús no sería muy distinta a la que existe hoy. Se admite que Jesús es un hombre admirable, un hombre de Dios, pero ¡Dios hecho hombre...! Aquellas palabras del escritor ruso: “¿puede un hombre culto, un europeo de nuestros días, creer aún en la divinidad de Jesucristo, Hijo de Dios?” (Dostoyevski).
¡Confesemos la divinidad de Jesucristo, porque si la fe del centurión despertó en Él su admiración, la confesión de Pedro provocó un verdadero torrente de elogios: “¡Dichoso tú Simón...!”, y esta alabanza a Pedro nos alcanzará también a nosotros!
La actividad de Jesús era muy intensa, y ocasionalmente se retiraba con sus discípulos a lugares donde encontrar más sosiego para el descanso y más tiempo para formarlos. En esta ocasión, sale fuera de los confines de Galilea, a la región de Tiro y Sidón, una zona que no estaba poblada por judíos sino por gentes cananeas de cultura helenística.
Felicitemos de corazón a Santa María y recordemos que siempre estamos bajo su mirada misericordiosa. Acompaño mis reflexiones.
“Aleluya, aleluya. Hoy es la Asunción de María: se alegra el ejército de los ángeles. Aleluya”. Celebramos con toda la Iglesia la glorificación de María, preludio también de la de todos los redimidos por Jesucristo.
María es aquella Mujer prometida en el Paraíso para aplastar la cabeza del enemigo de la Humanidad (Cfr Gen 3,15); la Mujer que en las bodas de Caná intercede ante Jesús para remediar las necesidades de los hombres (Cfr Jn 2,1-11); la Mujer que en el Calvario nos entregó Jesucristo como Madre (Cfr Jn 19,26) y que reúne en torno suyo a sus hijos para orar, preparando así la venida del Espíritu Santo (Cfr Act 1,14).
En este episodio brillan algunos hechos que llaman nuestra atención. En primer lugar, el breve apunte del evangelista sobre lo que hace Jesús después de despedir a la gente: “subió al monte a orar a solas”, hasta la noche (v. 23).
Esta actitud del Hijo de Dios encarnado subraya de forma elocuente la importancia capital de la oración para nosotros, la necesidad que tenemos como criaturas de dedicar unos tiempos para dialogar exclusivamente con Dios.
Los cuatro evangelistas nos cuentan, en seis relatos, este milagro cargado de simbolismo que acabamos de escuchar. Se advierte el impacto que ejerció en los discípulos y la dimensión cultual que la Iglesia apostólica le concedió como prueba de que los tiempos mesiánicos se habían cumplido con la llegada de Jesucristo.
El tesoro del cristiano es Cristo mismo, que nos ofrece su amor y su amistad. Acompaño varias reflexiones
Jesús, que comenzó su predicación anunciando la llegada del Reino de Dios con imágenes y metáforas para que, por ser una realidad misteriosa, resultara más accesible a la inteligencia y atractivo al corazón, hoy nos lo ilustra con la parábola del tesoro escondido, que al ser descubierto, gozosos por el hallazgo, se vende todo lo que se posee con tal de conseguirlo; y con la de un comerciante que buscando perlas finas -un experto en joyas- al encontrar una de gran valor hace otro tanto. Estas dos imágenes, el tesoro y la perla, son aplicadas en el AT a la Sabiduría.
El evangelio despierta la esperanza: Dios hará que el Bien prevalezca. Acompaño varias reflexiones.
Jesucristo habla del campo en el que la cizaña ha despuntado junto al trigo y explica a sus discípulos el porqué del mal. El sueño de la pereza ha sido aprovechado por el enemigo de Dios y del hombre. Ante el ofrecimiento de arrancar esa mala hierba, Jesús responde que no, no sea que un celo mal orientado destruya también el trigo. Hay aquí una llamada a no descalificar a nadie, a evitar que una visión maniquea animada de buena intención pero que divide equivocadamente a las personas en buenas y malas, organice un destrozo. “Dejad que crezcan hasta la siega”, dice Jesús, porque el que juzga es el Señor” (1 Cor 4,4 y 5).
La Liturgia de la Palabra de este Domingo está impregnada de optimismo por el éxito de la obra redentora de Cristo, y que la Iglesia continúa en el tiempo hasta que de nuevo Cristo vuelva.
Tanto la 1ª Lectura, en la que el segundo Isaías conforta a los israelitas desterrados de Babilonia; como la 2ª, en que S. Pablo habla de la expectación de la creación entera que aguarda la manifestación de los hijos de Dios que sufren la esclavitud del pecado; como la abundante cosecha de la tierra buena que compensa con creces lo que se perdió en el pedregal y los espinos, nos animan a confiar en el éxito de todos nuestros desvelos. También el Salmo Responsorial participa de idéntico optimismo: “la acequia de Dios va llena de agua..., coronas el año con tus bienes”.
Para abrazar la salvación que nos trae Jesús hace falta sencillez y humildad. Acompaño varias reflexiones.
El anuncio de un plan de salvación de la Humanidad por parte de Jesucristo, no fue aceptado por quienes andaban mendigando alabanzas unos de otros, y no se interesaban por aquella gloria que procede de Dios (Cfr Jn 5,44).
De ahí que Jesús alabe a los que buscan con ardor la verdad: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido esta cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla”.
Ser cristiano no es simpatizar con una causa por noble que sea, sino una adhesión de nuestra inteligencia y corazón, un compromiso con la “persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre” (Veritatis Splendor,19). El tono incisivo, casi rudo, del Evangelio de hoy lo recuerda: “Quien ama a su padre o su madre más que a mí, no es digno de mí”.
Como Jeremías (1ª lect.), los que siguen al Señor probarán la incomprensión, la burla y un rechazo incivil que puede incluso abocar a la muerte. Frente a esta posibilidad, Jesús repite tres veces que no tengamos miedo porque está con cada uno para vencer al mal (3ª lect.).
Con más de medio millón de jóvenes congregados en la Plaza de Lima, el Papa León XIV cerró la primera jornada de su visita a España con una emotiva vigilia de oración. La velada incluyó un festival musical con varios artistas, el rezo del Rosario y tuvo como momento culminante la adoración del Santísimo junto al Santo Padre.
El corazón del encuentro fue el diálogo entre León XIV y seis jóvenes, que le preguntaron sobre la fe, el discernimiento y el compromiso cristiano en la sociedad. El Papa les propuso tres caminos para reconocer la voz de Dios: el silencio, la oración confiada y la humildad de quien se sabe siempre discípulo. Animó también a los jóvenes a no tener miedo a la vocación —sacerdotal, religiosa o matrimonial— y les confió una misión concreta: «Sed humanos: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables».
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«Yo te bautizo –dijo un sacerdote, mientras derramaba por tres veces el agua sobre nuestra cabeza– en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
Pentecostés: tenemos en plenitud al Espíritu Santo desde nuestra Confirmación. Pidamos a Santa María una docilidad a su acción semejante a la suya. Acompaño varias reflexiones.
"Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". Así inició la Iglesia su andadura proclamando su mensaje de salvación por todos los rincones del mundo, encontrando en su camino adhesiones agradecidas y heroicas y rechazos enconados e inhumanos.
Y así continúa en el Tercer Milenio, porque nada ni nadie puede encarcelar al viento o hacerlo desaparecer. Ella recuerda a todos que somos hijos de Dios, quien ha enviado "a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abbá, Padre!" (Gal 4,6). Insistiéndonos en que es Jesucristo quien "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre" (G.S.,22).
Con su Ascensión el Resucitado nos recuerda nuestra Salvación y nos llena de esperanza, como Él, estaremos resucitados en el Cielo. Acompaño varias reflexiones.
Hoy es un día muy grande. Hoy Cristo nos ha abierto las puertas del cielo al elevar victoriosamente su Humanidad Santísima a la gloria del Padre a la vista de los suyos en el escenario de su aparente derrota. "Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios". También nosotros nos unimos a esa alegría por el triunfo del Señor, preludio del nuestro porque somos miembros de su Cuerpo, y, como los discípulos, alabamos a Dios pensando: "No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor" (S. 117).
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. El amor no es algo lírico y vaporoso, sino cumplimiento del querer bueno y sabio de Dios, Padre nuestro. El Señor, que censuró sin miramientos los numerosos preceptos judíos calificándolos de carga pesada (Mt 23,4), recuerda que no hay amor a Dios y a los demás allí donde no hay obras que manifiesten ese amor. No quiere Jesús un amor forzado sino libre y espontáneo, pero sin confundirlo con un sentimentalismo anárquico y caprichoso.

“El relativismo cultural será la norma de todas las teorías posmodernas aplicadas”. (Teorías cínicas)
Aunque suene algo raro, no se puede entender la política actual en un país como España si no se tiene una idea clara sobre el wokismo, pues lo woke se nos ha infiltrado a través de los algoritmos de las redes, las series de moda, el lenguaje, la moda, la música, etc, en todas las formas de transmisión cultural que permean el mundo occidental y, desde él, en todo el mundo.
El anuncio de la despedida ha entristecido a los discípulos. El Señor los tranquiliza asegurándoles que va a prepararles un sitio en la Casa del Padre. Estas consoladoras palabras nos recuerdan que Jesús se va pero no se desentiende de nosotros. Ninguno de nosotros es tan impermeable ante la realidad de la partida de este mundo como para que le alegren estas palabras. “Me voy a prepararos un sitio...” Sí, hay un lugar donde el hombre encontrará su quietud y felicidad total y definitiva.
El Señor es el Buen Pastor que nos acompaña siempre. Os envío varias reflexiones.
Este cuarto domingo de Pascua es denominado tradicionalmente Domingo del Buen Pastor. Leemos en el Evangelio de la Misa de hoy que, durante la fiesta de la Dedicación, Jesús pronunció estas palabras en el pórtico de Salomón del Templo de Jerusalén: «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y me siguen. Yo les doy vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre» (Jn 10,27-30).
¿Qué fue lo que motivó que el desengaño y la sensación de fracaso de los discípulos de Emaús -y de los creyentes o de los alejados hoy de la comunión eclesial representados en ellos- fuera substituido por un entusiasmo que les llevó a suplicar: “Quédate con nosotros Señor”?
Jesucristo vive, es la esperanza definitiva para todos. Feliz Pascua. Acompaño mis reflexiones.
Quien siempre se había opuesto a toda manifestación pública de alabanza, quien se había escondido cuando el pueblo quiso hacerle rey, se deja hoy llevar en triunfo. Solo ahora, cuando sabe que la muerte está cerca, acepta ser aclamado como el Mesías.
Jesús sabe que, en realidad, reinará desde la cruz, ya que el mismo pueblo que ahora le aclama jubiloso dentro de poco le abandonará y le conducirá al Calvario. Las palmas se tornarán azotes; los ramos de olivo, en espinas; los vítores, en burlas despiadadas.
La resurrección de Lázaro que hoy nos recuerda la Iglesia es un signo de la restauración del hombre sujeto a la muerte, como el pueblo israelita a la esclavitud del destierro (1ª lect). Este prodigio realizado por Jesús en el umbral de su propia muerte, nos confirma que Él es la Resurrección y la Vida, una Vida que vence a la muerte tanto física como espiritual, no ya mediante la resurrección final sino en la existencia presente.
Tratando a San José encontraremos a Jesús y María y seremos buenos cristianos. Acompaño mis reflexiones.
La figura de S. José, que hoy contemplamos, se agiganta cuando vemos que Jesús, siendo el hijo de Dios a quien el cielo y la tierra están sujetos, quiso estar bajo la autoridad de José. La sublimidad de esta obediencia honra a S. José más que todos los elogios que la piedad cristiana pueda dedicarle.
Dios puso en manos de S. José lo que más quería: su Hijo y su Madre. “Si es verdad que la Iglesia entera es deudora a la Virgen Madre por cuyo medio recibió a Cristo, después de María es S. José a quien debe un agradecimiento y una veneración singular. José viene a ser el broche del Antiguo Testamento, broche en el que fructifica la promesa hecha a los patriarcas y los profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa” (S. Bernardino de Siena).
"Al pasar –dice el Santo Evangelio– vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento’. Jesús que pasa. Con frecuencia –comenta, admirado, san Josemaría– me he maravillado ante esta forma sencilla de relatar la clemencia divina. Jesús pasa y se da cuenta en seguida del dolor”. En efecto, así es la lógica de Jesús: nunca permanece indiferente ante las necesidades de las personas con las que se encuentra.
En su viaje hacia Galilea, Jesús se detiene al pie del monte Ebal, junto a Sicar, donde estaba el famoso pozo del patriarca Jacob, que era el orgullo de los samaritanos. Esta región formó parte del Reino del Norte de Israel. Tras caer en manos de los asirios (722 a. C.), la población terminó mezclándose con los paganos llevados allí. Tiempo después, el rey judío Juan Hircano destruyó el templo samaritano erigido en el Monte Garizim. Por eso, a pesar de su pasado común, la enemistad entre judíos y samaritanos era centenaria (cfr. 2 R 17,34-40).
Algunos Padres pensaron que Jesús se fue a orar con los mismos testigos de Getsemaní, donde también se durmieron, para que el recuerdo de esta gloria que envuelve ahora a Jesús les sostuviese en el escándalo de la agonía.
La presencia de Moisés y Elías conversando con Jesús sobre su muerte, les proporciona una prueba suplementaria de su divinidad. Lo que el pasado de Israel tenía de más divino, se inclinaba ante Jesús prestándole homenaje. Luego una nube cubrió y llenó de espanto a los discípulos que sabían cómo en el desierto del Sinaí una nube cubría también el Tabernáculo mientras la gloria de Dios penetraba en él (Ex 40,43) Esta presencia de dios en medio de su pueblo aparecía ahora otra vez, confirmando que Jesús era el Hijo de Dios al que debían escuchar. Ellos fueron testigos oculares de todo esto.
Cristo fue tentado en el desierto. Todo hombre prueba alguna vez la aridez y monotonía del desierto; en su hogar, cuyas tareas pueden cansarle; en el trabajo que puede aburrirle...; la vida misma, que es un regalo y una tarea ilusionante, puede antojársele insípida. Y lo mismo ocurre con la vida cristiana. Es, en alguna medida, la noche oscura de los santos.
La ley del amor que Jesús inaugura exige plenitud hasta en lo más pequeño. Acompaño mis reflexiones
En el evangelio según san Mateo hay cinco grandes discursos de Jesús intercalados por narraciones de hechos y milagros. El pasaje de este domingo forma parte del primero de esos discursos, el Sermón de la Montaña, y consiste en un fragmento de las llamadas “antítesis”.
La atractiva novedad que predica el Maestro no cae en el fácil tópico de la trasgresión de la norma establecida o de su abolición: “no he venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darles plenitud”. Para ser ciudadanos del Reino de los cielos, Jesús propone lo de siempre, pero de una forma nueva, plena y perfecta: la que Él mismo encarna. Y la ley del amor que Jesús inaugura exige plenitud hasta en lo más pequeño.
Jesús nos dice: sois la luz del mundo. Con ello nos llena de responsabilidad y alegría. Difundamos el tesoro recibido. Acompaño mis reflexiones.
Con su sola presencia la sal y la luz cumplen su función. Una, dando sabor y preservando de corrupción; y, la otra, iluminando y proporcionando la energía necesaria. Jesús pide a los suyos que extiendan por todas partes, con su comportamiento, el Evangelio y así se dé "gloria al Padre, que está en los cielos".
Quienes nos rodean -incrédulos o no- ven nuestro modo de vivir. Y esos ojos que nos miran, no siempre son de amor: "Mirad que Yo os envío como corderos en medio de lobos" (Mt 10,16). Los demás se comportan como indiscretas cámaras en donde se van filmando aquellos gestos y actitudes de los que no somos del todo conscientes.
Si hay una página del Nuevo Testamento ante la que convendría guardar silencio para no privarse del encanto y profundidad que encierra, es ésta. Deberíamos meditar estas declaraciones de Jesús, permitiendo que sean ellas las que resuenen en nuestro corazón y despierten en él lo que Jesús quiere decirnos.
"También en nuestros días hay mucha gente "que camina en tinieblas" (1ª lect), desorientadas por la multiplicidad de las informaciones, tan cuantiosas como contradictorias, que recibe a diario. Son tantos, tan opuestos, tan interesados, los mensajes, las mentiras, las medias verdades que escucha, que le llevan a creer que toda certeza es revisable o parcial, cuando no un síntoma de inmadurez o de fanatismo.

A orillas del Jordán, Juan Bautista predicaba a personas de toda condición un bautismo de penitencia para preparar la llegada del Mesías. Y cuenta el evangelio según san Juan que, cuando el Bautista vio llegar por fin a Jesús ante él para bautizarse, lo anunció en voz alta otorgándole un título misterioso y solemne que sigue pronunciando la liturgia romana en Misa antes de comulgar: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Dios Niño es el regalo extraordinario que recibimos en el día de Reyes. Con Él viene la esperanza y la fortaleza para afrontar con ilusión y ánimo renovado el nuevo año. Acompaño mis reflexiones.
“¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque
hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. Ésta es la razón que dan
aquellos Magos para justificar el largo y penoso camino que emprendieron
abandonando la serena ocupación de todos los días.
La misma razón que conduce a tantas y tantos a dejarlo todo
por el Señor. Y es igualmente la razón del caminar cristiano abandonando la
tranquilidad burguesa que una sociedad permisiva está constantemente
proponiendo.
Pero a veces la estrella, como a los Magos, se oculta, y las
sombras de la noche se enseñorean de todo ocultando el camino y suprimiendo sus
perfiles orientadores. En esas horas, siempre hay quien puede ayudarnos porque
el camino está ahí. Pero también hay quienes, aprovechando la oscuridad,
engañan al viajero, como Herodes con su información interesada.
Al encarnarse el Hijo consigue la plena comunicación con nosotros para acompañarnos siempre en esta tierra. Aquí tenéis varias reflexiones.
Jesús, a quien hemos contemplado en Navidad como un pequeño que no puede valerse por sí mismo y que fue bañado, vestido, abrazado, besado, criado y educado por María y José, esto es: un Jesús de carne y hueso, hombre verdadero, es la Palabra que originó todo lo que vemos y no vemos.
Jesucristo es Dios. No es un hombre tan sólo, ni siquiera un hombre excepcional o el más perfecto que haya existido, sino una criatura humana perfectísima que también es Dios, como declara el Símbolo Atanasiano. Jesucristo, el Hijo de Dios, vive desde siempre en el seno del Padre. Sólo desde esta filiación eterna se puede explicar la filiación terrena en el seno de María, como explicó S. Tomás de Aquino (S. III, q. 32).
Comenzamos el año con Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra. A Ella confiamos nuestros propósitos para 2026. Acompaño varias reflexiones.
Ser madre siempre es un plan de Dios. Pero ser la Madre de Dios estaba pensado solo para una mujer en la historia, María de Nazaret.
El evangelio de hoy nos revela algo sobre el misterio de la maternidad divina de María. No sabemos cómo Jesús fue concebido materialmente, como actuó el Espíritu Santo, pero sabemos cómo Jesús entendía lo que suponía ser su Madre: “Quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). Así el Hijo de Dios aclara que María es su Madre más por ser dócil al querer de Dios que por todas las tareas naturales de una madre.