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viernes, 15 de septiembre de 2023

El día del Señor: domingo 24º T.O. (A)

Pedir perdón y perdonar: ¡qué difícil! Con Jesús lo conseguiremos. Acompaño mis reflexiones.

¿Cómo puede un hombre guardar rencor y pedir la salud al Señor? (Eclo 27, 33; 28, 1-9) Dios concede su perdón a quien perdona. La indulgencia que empleemos con los demás es la que tendrán con nosotros. Ésta es la medida. El Señor con su Muerte en la Cruz nos ha perdonado a todos los hombres y ha saldado el pecado de todos. 

 Jesús le contesta a Pedro cuando le pregunta si debe perdonar hasta siete veces a su hermano que le ofende: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mateo 18, 21-35). Para perdonar de corazón, con total olvido de la injuria recibida, hace falta una gran fe que alimente la caridad. 

Por eso las almas que han estado muy cerca de Cristo ni siquiera han tenido necesidad de perdonar porque, por grandes que hayan sido las injurias, las calumnias, no se sintieron personalmente ofendidas, pues sabían que el único mal es el mal moral, el pecado; las demás ofensas no llegaban a herirles. Examinemos si guardamos en el corazón algún agravio, algo de rencor por una injuria real o imaginaria, si nuestro perdón es rápido y sincero, y si pedimos al Señor por aquellas personas que, quizá sin darse cuenta, nos ofendieron.´

Era prácticamente imposible que aquel siervo pudiese devolver la cantidad prestada: solamente un gesto de piedad como el del rey le podía liberar. Por nuestras propias obras tampoco podríamos saldar la deuda que tenemos con el Señor por nuestros pecados. No solo por la entidad de las acciones cometidas, sino por ser Dios quién es. Pero el Señor, de todos modos, nos concede gratuitamente su perdón a través de la Confesión y nos libera de todo lo que nos pueda alejar de él. Esa es la medida divina de su amor. 

Por eso la Iglesia recomienda acudir a este sacramento con regularidad, pues «ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso»(catecismo)

El perdón ilimitado

«Entonces, acercándose Pedro, le preguntó: Señor; ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le respondió: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar; el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y así pagase. Entonces el servidor; echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. El señor; compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a tino de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: Págame lo que me debes. Su compañero, echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Pero no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti? Y su señor; irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.

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