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sábado, 16 de diciembre de 2023

El día del Señor: domingo 3º de Adviento (B)


La alegría del Adviento es profunda porque el Señor viene a nuestro corazón. Acompaño mis reflexiones.


«Jerusalén, alégrate con una gran alegría, porque vendrá tu Salvador»
. La Iglesia anticipa hoy el gozo de la Navidad y recuerda insistentemente la recomendación de san Pablo: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). 

Estas palabras, dirigidas a la iglesia de Filipos, son como un resumen de la liturgia de este tercer domingo de Adviento, conocido como Gaudete por ser la primera palabra que se menciona en la celebración litúrgica: «Gaudete», ¡alegraos! La palabra de Dios y los textos propios de hoy están perfumados con la alegría que brota de la cercanía de nuestro Salvador. En la oración colecta de la Misa, le pedimos al Señor que nos mire y nos conceda «un corazón nuevo y una inmensa alegría». Además, por este motivo y siempre que sea posible, el color litúrgico correspondiente a este día es el rosado.

La alegría a la que nos invita la palabra de Dios no es un optimismo dulzón. Es algo más sólido, con cimientos profundos. Se trata de una alegría que se edifica sobre la certeza de que, mientras aguardamos su venida, el Señor está aquí, a nuestro lado, cuidando amorosamente de su pueblo. Él sabe mejor que nosotros lo que necesitamos y está dispuesto a pelear a nuestro lado. Jesús viene una vez más, por tanto, «ya no tengáis miedo» (Is 35, 4).


La figura del Bautista tiene un gran protagonismo en el Adviento como presentador de la figura de Cristo. En el Evangelio de la Misa de hoy nos pide que pongamos la mirada en Jesús. “En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”. ¡Cómo se parece la predicación del Bautista a la tarea del cristiano de testimoniar a Jesucristo! Debemos dar a conocer a Jesús con nuestra actuación y nuestra conversación, pero al que no conocemos bien por desidia o poco interés.

El propio S. Juan Bautista no fue ajeno a esta conversión que proponía. Recordemos aquel episodio en que desde la prisión donde lo ha encerrado Herodes envía a sus discípulos a preguntar a Jesús si es él el que había de venir o hay que esperar a otro. Las tinieblas de las largas noches de la prisión no fueron las más oscuras que el Bautista padeció. La oscuridad le envuelve en la incertidumbre sobre la misión de aquél a quien él había preparado el camino. Iba a llegar la claridad y el mundo no estaría rodeado ya de la niebla pegajosa del mal. Pero Jesús va de un lado para otro enseñando y haciendo el bien, aceptado por unos y rechazado por otros, y la vida seguía siendo el misterio de luces y sombras, de bien y de mal, que todos conocemos y que hace vacilar la fe.

Han pasado más de 2.000 años y muchos se hacen hoy también la misma pregunta: ¿Eres Tú la salvación del mundo, quien iba a traernos la paz que pusiera fin a tantos enfrentamientos? Jesús en su respuesta nos remite al profeta Isaías que había anunciado un Mesías que padece con el hombre y le enseña a entregarse, incluso hasta la muerte, por la salvación del género humano. Un Mesías que no tendría un éxito puramente terreno, dando así cumplimiento a sus palabras: “Dichoso el que no se escandalice de Mí”. Esto es, dichoso el que no se desconcierte ni se desanime ante la aparente debilidad con la que el cristiano ha de hacer frente a la formidable exhibición de fuerza del poder de las tinieblas.

¡Dichoso quien sabe orientarse en la oscuridad, lleno de fe y de esperanza! ¡Dichoso el que no exige certezas y resultados inmediatos a la hora de influir cristianamente en la sociedad en que vive: los hijos, los familiares y amigos, los compañeros de profesión, los vecinos, sino que descubre a Dios en la opacidad del mundo y de la propia vida! El cristiano hoy, como el Bautista entonces, será profundamente bienaventurado si realiza esta conversión que permite ver a Dios en medio de la noche terrena. Así se entiende el profundo significado de aquella sentencia del Precursor: “Conviene que Él crezca y que yo mengüe”; es decir, es preciso fiarse del Señor, aceptar sus modos de hacer y abandonar los nuestros, sustituir nuestra lógica por la suya.

“En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Conoceremos a Dios en la medida en que nos liberemos de nosotros mismo. Aquí está lo medular del Adviento, la profunda conversión que nos reclama. Conoceremos a Dios, su modo de operar en el mundo, en la medida en que le hagamos un sitio en nuestra cabeza y en nuestro corazón; cuando le aceptemos como es. Quien no haga un hueco en su corazón para la llegada de Dios, permitiendo que Él crezca y disminuya nuestra mal entendida suficiencia, gastará sus días buscándole en vano. Supliquemos al Señor que esto no nos suceda.


“Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: —¿Tú quién eres? El confesó sin reservas: —Yo no soy el Mesías. Le preguntaron: —Entonces ¿qué? ¿Eres tú Elías? Él dijo: —No lo soy. —¿Eres tú el Profeta? Respondió: —No. Y le dijeron: —¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo? Él contestó: —Yo soy "la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor" (como dijo el Profeta Isaías). Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: —Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió: —Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando” (Juan 1,6-8.19-28).

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