Adviento es
tiempo de esperanza. El Señor nos recuerda el acontecimiento más importante de
la historia: hace 20 siglos el Todopoderoso, Infinito y Eterno se hizo
hombre.... por mí. Además, en la Navidad quiere venir de nuevo a nuestro
corazón.
Recuerdo la
ilusión con la que me acompañaban hace años un grupo de alumnos de Xabec a una
excursión al Parque Nacional de Ordesa. Se trataba de coronar por primera vez
una montaña de más de tres mil metros. El sueño ante la conquista montañera dio
alas a los preparativos. Guardaron con alegría la fotografía y los vídeos de la
ascensión del Casco, cercano a la Brecha de Rolando. Un ejemplo más de cómo la
esperanza nos acompaña en nuestra vida.
Con el
nacimiento de Jesús se enciende una esperanza extraordinaria: Dios irrumpe en
la historia para salvarlos... para salvarme, porque en la lectura de la Sagrada
Escritura el Señor habla siempre en singular. Esa realidad nos debe remover en
el corazón y disponernos a recibirle dentro de unas semanas. Es la experiencia
cristiana que tenemos desde nuestra niñez.
Navidad ha
sido siempre la fiesta de los niños. Nos conviene fijarnos en ellos y
contagiarnos de su ilusión. La preparación del Adviento nos ayudará a descubrir
la ilusión siempre nueva con la que el Dios Niño se apresura a salir a nuestro
encuentro.
Toda nuestra
vida es un adviento, una espera gozosa y esforzada hacia una vida sin fin.
Nuestro corazón no está hecho para la destrucción sino para la existencia, para
lo verdadero, lo bello, lo amable, lo justo... Pero si Cristo no hubiera venido
al mundo no habría esperanza de que esto pudiera ser una realidad, ya que
la experiencia diaria convence al hombre -a veces de forma macabra- que el mal,
la mentira, la violencia, la enfermedad y la muerte adquieren un protagonismo
abusivo. Por eso no hay mentira mayor que buscar un paraíso en la tierra. No
hay engaño mayor que el de quien trabaja por una justicia, una paz, un orden
que no esté basado en Cristo.
Con todo, no
podemos olvidar que hay en nosotros una tendencia a absolutizar las cosas de
esta vida olvidando nuestro destino eterno. "Vigilad", nos dice
Jesús, porque el peligro de deslizarse hacia la sensualidad, no valorando sino
lo que se puede tocar, lo que hace más placentera la vida, así como el
narcisismo que nos repliega sobre nosotros mismos desplazando de nuestro
horizonte vital a Dios, es algo constante.
¡En cuántas ocasiones, absorbidos por los problemas diarios vivimos instalados en un profundo sopor que olvida el sentido trascendente de la vida! Se vive como drogado y se muere convenientemente sedado en un hospital para no enterarse tampoco de la importancia de ese trance.
Un cristiano no debe conducirse por miedo a su Padre Dios, pero sí de un modo responsable, de forma que los cantos de sirena que a lo largo de la travesía de la vida intentan seducirlo, no le desvíen del trayecto que le conduce al puerto de la salvación.
Preguntémonos: ¿Qué orientación estoy dando a mi vida? ¿Busco en medio de mis ocupaciones habituales al Dios de todas las cosas, o son esas cosas las que me alejan de Dios? Es en medio del trabajo, de la vida familiar y social, de la colaboración por una sociedad más humana y solidaria, donde cada uno decide su felicidad para siempre. Estas cosas desempeñadas como Dios quiere, son las que nos preparan para la segunda venida del Dios de todas las cosas.
María es la
figura central del Adviento junto a José y también está muy presente estos días
que preparamos la Solemnidad de la Inmaculada. Acudamos a Ella para empaparnos
de la esperanza del Adviento.

No hay comentarios:
Publicar un comentario