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sábado, 1 de agosto de 2026

El día del Señor: domingo 18º del T.O. (A)


El Señor sale siempre a nuestro encuentro con la misma generosidad que refleja este evangelio. Acompaño varias reflexiones. 

Los cuatro evangelistas nos cuentan, en seis relatos, este milagro cargado de simbolismo que acabamos de escuchar. Se advierte el impacto que ejerció en los discípulos y la dimensión cultual que la Iglesia apostólica le concedió como prueba de que los tiempos mesiánicos se habían cumplido con la llegada de Jesucristo.

Este milagro tiene un trasfondo viejotestamentario que destaca además la superioridad de Jesús sobre Moisés y los Profetas. Tanto el maná con que Moisés alimentó al pueblo en el desierto (Ex 16), como la multiplicación del aceite y la harina por Elías en Sarepta (1 R 17,7-16), así como la multiplicación de los panes de cebada por Eliseo en Gilgal (2 R 4,42-44), son un anticipo de esta abundancia que Jesús reparte y que, a su vez, es el preludio de la que disfrutaremos en el banquete definitivo en el Reino de los Cielos. 

Vale la pena observar, como lo hace san Josemaría, que Jesús podía sacar el pan de donde le pareciera..., pero busca la cooperación humana: “Necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. Le hacemos falta tú y yo, hijo mío: ¡y es Dios! Esto nos urge a ser generosos en nuestra correspondencia. No necesita para nada de ninguno de nosotros, y –al mismo tiempo– nos necesita a todos. ¡Qué maravilla! Lo poco que somos, lo poco que valemos, nuestros pocos talentos nos los pide, no se los podemos escatimar. Los dos peces, el pan: todo”[2].

Los discípulos fueron generosos y le ofrecieron la escasa comida de que disponían. Dice el Evangelio que Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente” (v. 19). Son expresiones análogas a las que emplean los evangelistas al narrar la institución de la Eucaristía en la última cena: “cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio” (Lc 24,30). De este modo, en la magnitud con la que multiplica aquellos pocos panes y peces se prefigura “la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía”[3], como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica.

La alusión sacramental a la Eucaristía queda patente en el gesto de Jesús antes de operar el milagro: “Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente”. San Juan, al narrar este milagro, pondrá de manifiesto su dimensión eucarística con el discurso del pan de vida. La iconografía cristiana de los primeros siglos utilizará los panes y los peces como símbolos de la Eucaristía en pinturas, relieves, mosaicos..., en los lugares dedicados al culto.

Jesús ve el hambre de todos los hombres de todos los tiempos en aquel gentío que se agolpa a su alrededor. Hambre de una plenitud que en esta vida no puede ser satisfecha. Hambre de Dios, aunque no lo sepan. Y se apresura a calmarla ofreciendo un alimento que, además de saciar, resulta sobrante: doce cestos llenos. ¿Es necesario recordar que en esta vida no hay campos ni fuentes que puedan calmar el hambre y apagar la sed de infinito que toda criatura siente?  Sólo en Dios encontramos la plenitud que el corazón humano anhela. Una plenitud desbordante.

En Jesucristo tenemos la respuesta a las más altas expectativas de nuestro corazón, un profundo anhelo de vida que, si no se viera cumplido, convertiría nuestra existencia en un rompecabezas maldito. ¡Vivir! ¡Vivir sin la amenaza constante de la muerte! “Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día” (Jn 6,54). El Cuerpo y la Sangre del Señor, es lo que nos permite traspasar el umbral de esta vida sin congoja e ingresar allí donde Dios mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos y donde no habrá muerte, porque todo eso ya ha pasado (Cfr Apoc 21,4)

«Al oírlo Jesús, se alejó de allí en una barca hacia un lugar desierto él solo. Cuando se enteraron las multitudes le siguieron a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron: El lugar es desierto y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos. Pero Jesús les dijo: No tienen necesidad de ir, dadles vosotros de comer. Ellos le respondieron: No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces. El les dijo: Traédmelos aquí. Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y recogieron de los trozos sobrantes doce cestos llenos. Los que comieron eran como unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. (Mateo 14,13-21)

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