Con la parábola de la viña el Señor nos anima a buscar la santidad cristiana en las tareas ordinarias. Acompaño mi reflexiones
1. La imagen de la viña describe la salvación traída por Jesucristo
Queridos hermanos:
Las lecturas que la Iglesia nos regala en este Domingo 27 nos envuelven en una de las imágenes más entrañables y profundas de toda la Sagrada Escritura: la imagen de la viña. Tanto el profeta Isaías en la primera lectura, como el Evangelio según san Mateo, recurren a este lenguaje alegórico tan propio del contexto otoñal de la vendimia. Una escena cotidiana que resultaba entrañable y perfectamente familiar para los oyentes de Jesús.
En el célebre "cántico de la viña" de Isaías, descubrimos que la viña representa a Israel. Pero más allá de una descripción geográfica o étnica, la viña simboliza el proyecto divino de la salvación. Dios dedica a su pueblo elegido los mismos cuidados, tiernos y pacientes que un esposo fiel reserva a su esposa. Limpia el terreno, quita las piedras, planta cepas escogidas y levanta una torre de defensa. Es la conmovedora alegoría de la Alianza: Dios lo da todo por nosotros, esperando con legítimo amor que su viña responda dando frutos dulces. Sin embargo, al llegar la cosecha, aquella viña cuidada con tanto amor solo produjo agrazones, frutos amargos e incomestibles.
Jesús, en el Evangelio, retoma este mismo cántico. Pero introduce un cambio de acento crucial adaptado a quienes le escuchaban: pone el foco en los viñadores. Dios ha arrendado su propiedad a unos labradores y, al llegar el tiempo, envía a sus "servidores" a recoger los frutos correspondientes. Pero estos servidores —que representan a los profetas enviados a lo largo de la historia— sufren el desprecio, el maltrato y el asesinato por parte de quienes debían custodiar la viña.
2. La salvación tropieza con el rechazo, pero sale siempre vencedora
Ante la reiterada violencia de los viñadores, el propietario realiza un último y conmovedor intento: «Mandaré a mi propio hijo, a él sí lo respetarán». Pero la ceguera y la codicia de los labradores transforman la paciencia del dueño en una nueva oportunidad para el crimen. Al ver al heredero, se dicen: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Lo empujan fuera de la viña y lo matan.
En este pasaje trágico, Jesús está profetizando con total claridad el misterio de su propia Cruz. Vemos cómo el desprecio de las leyes y mandamientos de Dios no es una simple desobediencia moral; se transforma en un rechazo radical a su Persona. El Hijo es asesinado fuera de las murallas.
Esta página evangélica no es una crónica del pasado; interpela directamente nuestro modo actual de pensar y de actuar. Nos habla de la presencia de la Cruz en todos los tiempos y de la misteriosa libertad humana que puede cerrarse a la gracia. Pero frente a la mezquindad del hombre, resplandece la fidelidad inquebrantable de Dios. Aquella promesa inicial del Génesis, donde Dios aseguró que la descendencia de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente, se ha cumplido. Dios preparó pacientemente a un pueblo, asumió nuestra carne en el seno de la Virgen María, predicó la Buena Nueva y nos rescató entregando su vida en el madero de la Cruz. El aparente fracaso del Viernes Santo es, en realidad, la victoria definitiva del Amor.
3. La Iglesia es la viña del Señor: la salvación llegará a su plenitud
En las palabras de Jesús encontramos una promesa indestructible: la viña no será destruida. El propietario abandona a su suerte a los viñadores infieles, pero no renuncia a su tierra. Al contrario, la confía a otros servidores que le entreguen los frutos a su tiempo.
Esa nueva viña, queridos hermanos, es la Iglesia Católica. La historia de la salvación se ha desarrollado de manera extraordinaria a lo largo de los siglos, no por la perfección de sus hombres, sino a pesar de la debilidad humana. Desde los primeros discípulos hasta nosotros hoy, la Iglesia camina portando el tesoro de la gracia en vasijas de barro.
San León Magno, en sus célebres sermones, nos recordaba esta maravillosa realidad con palabras que resuenan con fuerza:
«Reconoce, oh cristiano, tu dignidad... No olvides que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz y al reino de Dios».
Y un gran predecesor suyo, san León I, insistía en que la Iglesia progresa en medio de las dificultades: «La Iglesia no disminuye con las persecuciones, sino que se multiplica; y el campo del Señor se viste con una cosecha tanto más rica cuanto más granos de trigo caen y mueren».
El horizonte final de esta viña no es la derrota, sino la gloria. San Juan, en el libro del Apocalipsis, nos regala la visión consoladora del triunfo definitivo de la humanidad redimida: una muchedumbre inmensa, incontable, de toda nación, raza y lengua, vestidos con túnicas blancas y con palmas en las manos, aclamando al Cordero. El mensaje de los textos bíblicos de hoy es de una profunda certeza: el mal, el pecado y la muerte no tienen la última palabra. ¡Al final vence Cristo! ¡Siempre! Y la Iglesia no se cansa de proclamar esta gozosa esperanza al mundo.
4. La llamada universal a la santidad en la enseñanza de San Josemaría
Esta luz que brilla en el corazón de los cristianos desde el día de Pentecostés no está destinada a quedarse oculta dentro de los templos. Está llamada a iluminar todas las realidades humanas. Dios quiere que su viña dé frutos abundantes precisamente allí donde transcurre nuestra existencia diaria.
En esta parroquia, puesta bajo el patrocinio de San Josemaría Escrivá, el Señor nos recuerda de manera vibrante la llamada universal a la santidad. No hace falta retirarse del mundo ni adoptar un estado de vida extraordinario para ser fieles viñadores del Señor. El Reino de Cristo se construye en medio de los afanes de cada jornada, mediante la santificación del trabajo profesional y de los deberes ordinarios.
Como nos enseñaba con fuerza nuestro santo patrono en sus homilías:
«Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres».
Cada vez que realizamos nuestro trabajo con competencia, con justicia y con espíritu de servicio, estamos entregando al Dueño de la viña los frutos maduros que Él espera de nosotros. El taller, la oficina, el hogar, la universidad... esos son los surcos de la viña donde se juega nuestra fidelidad.
5. Confiamos a María los propósitos del nuevo curso
Hermanos, nos encontramos al inicio de un nuevo curso pastoral y académico. Es el momento idóneo para concretar nuestras resoluciones de mejora. Para que la viña de nuestra alma dé fruto y no agrazones, necesitamos cuidar la savia que nos une a la Vid, que es Cristo. Esto requiere un plan de vida espiritual constante: buscar momentos cotidianos de oración silenciosa, acudir con frecuencia a la Confesión y recibir con el alma limpia la Sagrada Eucaristía.
La santidad en lo ordinario se teje en las relaciones sociales, en la caridad con la propia familia, en la paciencia ante los contratiempos y en saber abrazar la cruz de cada día con una sonrisa. No caminamos solos; contamos con la comunión de la Iglesia y el ejemplo de tantos hermanos.
Nos sirve de estímulo el hermoso eco espiritual del reciente viaje apostólico del Santo Padre a Francia. Qué conmovedor fue contemplar a ochenta mil jóvenes franceses unidos en el estadio de Saint-Denis, levantando sus voces a una sola alma para cantar la Salve Regina. En un mundo tantas veces herido por el escepticismo y la división, la juventud de la Iglesia vibró con amor filial a la Virgen, demostrando que la fe sigue viva, joven y pujante.
Pongamos todos los propósitos de este nuevo curso en las manos maternales de María, Nuestra Madre. Le pedimos a Ella que nos enseñe a ser viñadores fieles, alegres y fecundos. Que sepamos santificar el trabajo, cuidar de nuestras familias y transformar el mundo desde el corazón mismo de nuestras ocupaciones ordinarias.
Que así sea.

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