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lunes, 17 de octubre de 2016

Los intereses opuestos de EE.UU. y Rusia en Siria

La ruptura formal de relaciones sobre el conflicto sirio entre Moscú y Washington desvanece las esperanzas de una mayor cooperación ruso-norteamericana, considerada indispensable en la lucha contra el yihadismo, y particularmente contra el Dáesh.
Sin posibilidad de un acuerdo efectivo en la crisis de Ucrania, que evoluciona hacia otro de los conflictos “congelados” en el este de Europa, hay quien creía que Siria podría constituir un terreno más adecuado para una mejora de las relaciones entre Rusia y Occidente. Pero la complejidad del conflicto y la diversidad de actores e intereses implicados lo hacen muy difícil, y enseguida emerge la sospecha sobre si realmente rusos y norteamericanos están interesados en una solución duradera o si en el fondo se conforman con el statu quo más favorable.

Una imposible victoria militar

Si en algo están de acuerdo EE.UU. y Rusia, aunque no siempre lo proclamen abiertamente, es que una victoria militar es imposible en Siria. El régimen de Bachar al Asad nunca recuperará el control sobre la totalidad del territorio, pues no lucha únicamente contra unas desordenadas milicias yihadistas sino que detrás de ellas –como el Frente de la Conquista, antes llamado al Nusra– se encuentra el apoyo de las potencias suníes de la región como Arabia Saudí y Turquía, dispuestas a impedir que Siria caiga bajo la influencia de su gran rival en la región, el Irán chií, o que los kurdos sirios obtengan una soberanía de facto.
Está también en juego el prestigio de turcos y saudíes, y en esto coinciden con otros países del Golfo Pérsico, si se contemplan los hechos desde la perspectiva de una guerra de corte sectario, en la que se estaría masacrando a los suníes, la gran mayoría de la población en Siria. Sin embargo, esto no deja de ser una interpretación tergiversada, pues supone identificar a los suníes con los yihadistas.
En realidad, el régimen de Asad se ha ganado enemigos en todos los sectores de la población siria, aunque lo cierto es que solo las facciones yihadistas, incluido el Dáesh, constituyen una oposición consistente. De hecho, los “moderados”, como el Ejército de Liberación sirio, solamente pueden desempeñar un papel secundario, tanto en la guerra como en la organización política, pues únicamente los yihadistas tienen la fuerza, y el apoyo exterior sustancial, para combatir al gobierno de Damasco. Se da, por tanto, la paradoja de que los “moderados” puedan necesitar a los extremistas para seguir hostigando al odiado régimen.
Esto explica el dilema norteamericano sobre una intervención en Siria. Más allá de las amargas experiencias, no olvidadas por la opinión pública, en Afganistán e Irak, la Administración Obama considera que una intervención directa solo serviría para fortalecer al régimen de Asad, aliado de Moscú y Teherán, o para consolidar a los yihadistas. Las dos alternativas son malas para Washington, y si a alguien le parece un mal menor cooperar con Rusia para salvar a Asad, enemigo del yihadismo, está olvidando que eso supondría ahondar el foso de las diferencias de Washington con sus tradicionales aliados: Turquía, Arabia Saudí y los países del Golfo.
El peso e influencia de esta alianza supera con creces a las supuestas ventajas de apoyar a un gobierno en Damasco aliado de Moscú. Y allí está precisamente el interés de los rusos en el conflicto: salvar a cualquier precio a su único aliado en el mundo árabe, que además le garantiza dos bases en el Mediterráneo: una naval de Tartus, y otra aérea en Jableh. Por eso nunca se han tomado la molestia de distinguir entre opositores radicales y moderados. Todos ellos son enemigos de Asad.

“Tacticismo” ruso a corto plazo

Por tanto, la estrategia de Moscú en Siria es un “tacticismo” a corto plazo. Pese a querer dar la imagen de su recuperación como gran potencia ante sus ciudadanos, a los que se ha enviado un mensaje similar con la anexión de Crimea, no está claro que Rusia esté consiguiendo ese supuesto objetivo.
Para empezar, su intervención militar tiene un alcance limitado y preciso: apoyo aéreo al ejército de Asad, incluso al precio de bombardeos devastadores, que algunos analistas han llegado a comparar, en el caso de Alepo, con la destrucción de Grozny, la capital de la rebelde Chechenia y que, aparentemente, sirvió para detener el secesionismo de la república caucasiana. Se diría que los rusos han caído en la misma ingenuidad que los norteamericanos en conflictos recientes: creer ciegamente en la superioridad del poder aéreo.
David Ignatius, columnista de The Washington Post, recoge la idea de algunos expertos de la inteligencia norteamericana: los rusos están utilizando el sufrimiento de la población civil como arma de guerra. Todos los esfuerzos de la ONU sobre la responsabilidad de proteger, desde la resolución de la Asamblea General al término de la Cumbre Mundial de 2005, están estrellándose contra el muro infranqueable de la soberanía de los Estados o contra los cálculos cínicos de los combatientes para no dar la mínima oportunidad a sus enemigos.
La realidad es que Alepo está siendo pulverizada con bombas incendiarias, de racimo y antibúnker, con unos propósitos no muy diferentes a los de la aviación aliada en el bombardeo de ciudades alemanes y japonesas durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, Rusia debería valorar que Siria no es Chechenia, ni en tamaño ni en presencia de las fuerzas y actores internacionales que allí se enfrentan. Además, desde el momento en que los rusos excluyen la presencia de fuerzas terrestres, se diría que no pretenden repetir la experiencia del ejército soviético en Afganistán, un Vietnam de la URSS prolongado durante una década.
Con todo, suponiendo que las tropas del régimen sirio pudieran recuperar Alepo, sería al coste de unas tremendas pérdidas humanas y materiales, aunque los medios oficiales solo hacen recuento de terroristas abatidos, no de población civil. Según informes de la ONU, en la segunda quincena de septiembre murieron 376 civiles, un tercio de ellos niños. Lo que vendría a continuación sería un avance del ejército gubernamental en las áreas rurales de las provincias de Idlib, Homs, Hama y Deraa, donde encontrarían una fortísima oposición, con un incrementado apoyado de Turquía y Arabia Saudí, socios de Washington.
El propio Asad no debería ignorar la escasa viabilidad de esta campaña militar, presentada como una lucha contra el terrorismo, porque solo puede aspirar a una victoria pírrica sobre su propio pueblo, lo que no apagaría ni el odio ni los deseos de venganza. Si el ejército sirio se bastara a sí mismo, con el necesario concurso de los rusos, para sofocar la rebelión, no necesitaría el auxilio de consejeros militares iraníes y de milicias progubernamentales.

Riesgos para Moscú; posible oportunidad para Washington

Cabe preguntarse: ¿seguiría Moscú a Asad más allá de Alepo? Lo peor es que no le quedará otro remedio en su afán de apuntalar el régimen, pero el precio a pagar por los rusos sería muy alto. Quien supuestamente aspira a recuperar su estatus de potencia en Oriente Medio, se encontraría con el rechazo y un mayor distanciamiento de Turquía, Arabia Saudí, Jordania y los países del Golfo Pérsico.
Tanto sus gobiernos como las respectivas opiniones públicas verían con desagrado cómo Rusia secundaría no solo a Asad, viejo enemigo de la monarquía saudí, sino también a los chiíes heterodoxos representados por Irán y Hezbolá. Lo malo es que el desagrado vaya más allá de una condena moral y perjudique a una economía rusa que no pasa por sus mejores momentos tras la caída de los precios de los productos energéticos.
Curiosamente, esto no deja de ser una oportunidad para Washington de mantener alejados a los rusos de Oriente Medio, limitados de hecho a apuntalar un régimen que no controla todo el territorio sirio. Moscú no obtiene más ventajas en la región con querer mantener a Asad, por mucho que incremente en los últimos tiempos su aproximación a Turquía e Irán, en su intento de aprovechar las diferencias, grandes o pequeñas, de ambos países con EE.UU.
Lo cierto es que Irán seguirá desconfiando de Rusia, potencia ajena a una región en la que este país aspira a desempeñar un papel preponderante, pero Turquía recelará aún más porque los rusos, socios estratégicos con los que puede entenderse en cuestiones comerciales y energéticas, continúan trabajando a favor de uno de sus principales enemigos: Bachar al Asad.
Por otra parte, no es fácil que el presidente sirio escuche siempre las indicaciones de sus aliados rusos, pues se juega no solo la supervivencia del régimen sino su propia vida. Nos remitimos a los ejemplos recientes. En un avispero político-militar, como los de Afganistán o Irak, Washington nunca pudo controlar a aliados teóricos como el afgano Hamid Karzai o el iraquí Nuri al Maliki, pese a haber desplegado miles de soldados norteamericanos en los respectivos países.

En resumen, cualquier asociación estratégica de EE.UU. y Rusia en Siria es endeble por la existencia de intereses opuestos. Se comprende, por tanto, que Washington haya querido distanciarse abiertamente de Moscú tras los bombardeos de Alepo. La Administración Obama gana más ante la opinión pública nacional y mundial con la denuncia de “crímenes de guerra” de las tropas gubernamentales y rusas en Siria que en secundar pasivamente las acciones de Moscú, en espera de una convergencia de fuerzas para combatir abiertamente al Dáesh que nunca termina de concretarse.

Aceprensa

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