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domingo, 14 de agosto de 2016

EL DÍA DEL SEÑOR: DOMINGO 20º DEL T.O. (C)

Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!". Todo la vida de Cristo gravita sobre este momento, la hora, su hora, como le gustaba llamarla, de dar la vida por la Humanidad. Representa un consuelo inmenso saber que somos amados con toda la energía de un Dios. 
Cuando no se olvida que una sola gota de su sangre, un mero deseo, hubiese bastado para redimir a la humanidad de todas sus culpas y, no obstante, Cristo la vertió toda en el atroz suplicio de la Cruz, estamos en condiciones, al menos, de intuir cuál es la seriedad con que Dios nos ama.
¡Somos gente intensamente querida incluso en las horas de mayor ingratitud o en las que hemos cometido los pecados más grandes! Este amor se llevó a cabo en la Cruz y se nos hace presente en la celebración del Santo Sacrificio de la Misa. Si queremos tener en el corazón idénticos sentimientos que Cristo Jesús (Cf Flp 2, 5), hemos de amar la Santa Misa y hacer de nuestra vida una Misa, esto es una entrega también de nuestra vida a los demás.

"La Eucaristía -enseña Juan Pablo II- nos educa en el amor de un modo más profundo; en efecto, demuestra qué valor debe tener a los ojos de Dios todo hombre, nuestro hermano y hermana, si Cristo se ofrece a Sí mismo bajo las especies del pan y del vino...Así mismo debemos hacernos particularmente sensibles a todo sufrimiento y miseria humana, a toda injusticia y ofensa, buscando el modo de repararlos de manera eficaz. Aprendamos a descubrir con respeto la verdad del hombre interior, porque precisamente este interior del hombre se hace morada de Dios presente en la Eucaristía".
"He venido a prender fuego en el mundo. ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!" El cristiano debe ser como una brasa encendida que, como solía decir de mil maneras S. Josemaría Escrivá, debe quemar lo que toca o, al menos, levantar la temperatura espiritual del ambiente que le rodea. ¡Dar a conocer a Jesucristo! ¡A los familiares y amigos, a los vecinos y compañeros de profesión! ¡No debería pasar nadie a nuestro lado que, de un modo u otro, con la palabra o el ejemplo, con ciertos silencios -el silencio también habla-, no sintiera el calor de Cristo!
Así debe ser porque, en realidad, la Misa no termina cuando volvemos a nuestras ocupaciones habituales. "Después de haber participado en la Misa, enseña Pablo VI, cada uno ha de ser solícito en agradar a Dios y vivir rectamente, practicando lo aprendido y progresando en el servicio de Dios, trabajando por impregnar el mundo del espíritu cristiano y siendo testigo de Cristo en toda circunstancia".

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