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domingo, 29 de marzo de 2015

Domingo de Ramos

   
   Comienza la Semana grande de la fe cristiana. Con la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. “Bendito el que viene...” grita con entusiasmo el pueblo al ver entrar a Jesús a lomos de un borrico en la ciudad Santa de Jerusalén. 

   Jesús acepta este espontáneo homenaje de las gentes y ante las críticas de los fariseos que piensan que la multitud exagera dice: "Os aseguro que si éstos callaran hasta las piedras gritarían" (Lc 19,39). 


 El contraste entre las alabanzas del pueblo y la ausencia en la entrada de Jesús en Jerusalén del aparato que acompaña a los dirigentes de este mundo, es sencillamente prodigioso. El Señor se acerca a la ciudad y al pueblo elegido en el trono modesto y común de un asno. Los discípulos comprenderán esto más tarde. Mateo precisamente relaciona esta entrada de Jesús con las profecías del AT que aluden a su carácter mesiánico acorde con la imagen del Siervo de Yahvé del segundo Isaías (1ª lect) 

Esta entrada es un anuncio de la verdadera realeza de Cristo, humilde y sufriente, tan alejada del falso mesianismo esperado por los judíos. "Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús" (2ª lect). Estas palabras tomadas probablemente de un himno cristológico de los primerísimos tiempos del cristianismo, constituyen el mejor pórtico para comprender el significado de la Pasión del Señor que leemos hoy. 

Es como una apretada síntesis de la fe cristiana cuyo núcleo es Cristo: su preexistencia divina, su anonadamiento por la Encarnación, Pasión y Muerte, su Resurrección victoriosa y el reconocimiento del Universo entero que le adora como Señor para gloria de Dios Padre. La lectura de la Pasión es tan sobrecogedora y elocuente que casi el silencio recogido y devoto sería lo recomendable. 

Con todo, a parte de hacer el propósito de meditarla con detenimiento en esta Semana Santa, recordemos que la Pasión y Muerte en la Cruz por nosotros es el testimonio más elocuente y conmovedor del inmenso amor que Dios siente por el hombre. Sí, "tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregar a su propio Hijo..." (Jn 3,16). S. Pablo lo dirá con una elocuencia que no es de este mundo: "Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? 

El que ni a su propio Hijo perdonó... ¿Quién acusará a los elegidos de Dios?... ¿Cristo Jesús que murió, más aún, que resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?... Estoy persuadido de que ni la muerte ni la vida..." (Rm 8,31-38). Ver a Jesucristo insultado, cubierto de burlas y esputos, golpeado y condenado injustamente, colgado de un madero hecho un llaga de pies a cabeza y suplicando a su Padre el perdón para los verdugos debe llevarnos a no protestar cuando el sufrimiento haga presa en nosotros, a recorrer el camino que Él recorrió, a amar a ese Jesús, que no duda en dar su vida, a ese Dios que nos ha querido tanto. Jesús era inocente. 

Sus propios enemigos, a pesar del odio mortal que les impulsaba, no pudieron acusarle de nada. Pilato declarará que no encuentra delito en Él. Y Judas confiesa que ha entregado sangre inocente. Descendamos al terreno personal. ¿Y yo? Yo que no soy precisamente un inocente, que tengo mis manos y mi vida manchadas por tantos abusos y descuidos, ¿soporto en silencio el peso de mis obligaciones familiares? ¿Me quejo excesivamente de las fatigas inherentes a mis deberes profesionales y manifiesto visiblemente mi contrariedad cuando no obtengo el reconocimiento que esperaba? 

¿Pierdo el dominio de mí mismo y afilo la lengua, despechadamente, cuando me considero el blanco de las críticas de envidiosos o resentidos? "Jesús... callado. 'Iesus autem tacebat' ¿Por qué hablas tú, para consolarte o para sincerarte? Calla. Busca la alegría en los desprecios: siempre te harán menos de lo que mereces. ¿Puedes tú acaso, preguntar: 'quid enim mali feci' ¿Qué mal he hecho?” (Camino 671). 

Los espantosos dolores del Señor en su Sagrada Pasión constituyen una lección tan conmovedora como insustituible de cómo deben ser afrontados ciertos reveses. Nos disponemos a renovar, en esta Eucaristía, el Santo Sacrificio de Cristo. Pidamos al Señor, a través de Sta. María, que el cansancio, el dolor, las contrariedades e injusticias no provoquen en nosotros la protesta y la queja, sino la aceptación por amor a la Cruz.

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