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domingo, 10 de mayo de 2015

EL DÍA DEL SEÑOR: DOMINGO 6º DE PASCUA (B)

   “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”. El amor mutuo del Padre y del Hijo se transmite de Cristo a los suyos y de éstos  a todos los hermanos: “Mi mandato es que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Quien busca solamente sus intereses personales orillando los de Cristo, es como una maquinaria técnicamente avanzada cuya instalación eléctrica no está conectada con la red general de energía. 
   El egoísta está siempre ocupadísimo. Glotón de su tiempo, lo devora afanosamente en sus ocupaciones. Nadie duda de que se gasta, que rinde, pero al desligarse de la corriente vivificadora que Cristo ha inaugurado con su llegada a la tierra, sus realizaciones carecen de valor, no sólo para la vida eterna sino para la presente.
   La Historia ofrece pruebas de esta infecundidad hasta el aburrimiento. Hay incluso momentos en la vida de las naciones en que esa industriosidad es origen de contaminaciones que convierten el escenario de este mundo en un anfiteatro de barbarie y de muerte. Nadie duda que hemos aprendido a volar mejor que los pájaros, que surcamos los mares como peces y que cada vez es más rápida y tupida la red de nuestras comunicaciones, pero aún no hemos logrado entendernos como hermanos.
La abundancia no nos ha proporcionado la paz espiritual y humana. Nuestra generación no puede eludir la pregunta del Señor: ¿De qué le valdrá al hombre ganar todo el mundo -todos los avances técnicos- si pierde su alma, si los valores del espíritu son postergados? Sin la colaboración con Dios, el mal, en toda su repelente y atroz dimensión, se adueña de este mundo convirtiendo nuestras fatigas en cenizas.
La ciencia sin conciencia, la que no está al servicio de los demás de un modo afectivo y efectivo, es como una fuerza desatada. Ciertamente no podemos vivir sin aire, pero un huracán o un tornado pueden provocar una catástrofe. “Para todas las otras buenas obras puede siempre alegarse una excusa -dice S. Jerónimo-; más para amar nadie puede excusarse. Me puedes decir: no puedo ayunar, pero no puedes decirme no puedo amar”. En el trato diario con nuestros iguales es inevitable que surjan roces o que nos ofendan y perjudiquen. En esos momentos tendremos que sobreponernos a la tentación de responder al mal con el mal.  Igual que Dios nos quiere, aun con nuestros defectos y nos perdona, nosotros debemos querer a los demás... y perdonarles. Si esperamos querer a los que no tienen defectos, no querremos nunca a nadie.
Se salvará este mundo y nos salvaremos nosotros si nos esforzamos por construir espacios donde el respeto, la comprensión y el afecto no sean suplantados por la espiral de la violencia. El amor es la fuerza más creativa y poderosa, la que -dice S. Pablo- no muere nunca (1 Cor 13).

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