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domingo, 25 de mayo de 2014

EL DÍA DEL SEÑOR: DOMINGO 6º DE PASCUA

   
´  No bastó, aun cuando fuera muy perfecto y acabado. No era suficiente, y sigue sin serlo. Conocer a Jesús es algo, por cierto, muy valioso. Pero no basta para seguirle. Para ser discípulo y apóstol no basta una fe vaga. También los demonios creen y se condenan. Es necesario algo más.

   Los apóstoles habían pasado mucho tiempo con Jesús. Años de vida pública. Los más espectaculares. Años llenos de sosiego en el lago, y de sobresalto junto a la cruz. Tiempo, podríamos decir, de formación. La palabra de Dios expresada en decenas de ejemplos singulares llenos de enseñanza que se llaman parábolas. Gestos inolvidables, como aquel de secar una higuera que no tenía fruto... aunque no fuera tiempo de higos. 

Encuentros llenos de vida y de candor, como las serenas veladas junto a sus amigos; o dramáticos, como ese otro ya en vísperas de la pasión causado por la muerte de Lázaro. Años para conocer a Jesucristo al dedillo. Pero todo eso –vaya contrariedad– no bastó.
Han visto a Cristo morir y resucitar. Han compartido con tiempo el resucitado. Se han pasmado en el encuentro del Señor con el apóstol Tomás y han temblado de espanto y admiración al ver la mano del incrédulo en su costado abierto. Las marcas de la pasión. Los agujeros de los clavos. Tampoco fue suficiente.

Poco tiempo después hallamos a los apóstoles recluidos en el cenáculo, miedosos por la amenaza judía. Se saben perseguidos. Se ocultan. Tienen pavor porque saben las consecuencias. No son queridos, y creen sin creer, porque, aunque lo saben todo de Cristo, aún les falta la fuerza del Espíritu Santo.

El Defensor que promete Jesús en el evangelio de hoy vino finalmente a los suyos el día de Pentecostés. Todo cambió. Su fe, quizá teórica, aunque llena de afecto, se tornó operativa. Toda sombra de desamparo, toda sospecha de soledad, abandonó sus ateridos corazones. El miedo dio paso a la audacia, y el temor a la valentía. Es la fortaleza del Espíritu Santo. Es la fuerza de la Persona divina que mora en las almas en gracia.

Ese mismo Espíritu Santo, que causó el milagroso cambio en los corazones de los apóstoles, está ahora llamando a la puerta de los cristianos –a tu puerta– para hacer de cada uno un apóstol de Cristo, un misionero de la Palabra de Dios. ¿Dejarás que entre hasta el fondo de tu alma para enriquecerla?

Es posible que sepas mucho sobre Jesucristo. Ojalá hayas recibido una rica formación que te permite conocerlo todo de su vida. Sería muy deseable que identificaras cada rasgo de su personalidad, cada detalle de su vida. Eres cristiano, y nada podría resultar más lógico que saberlo todo de aquel a quien debes tu nombre. Cristo y tú. Tú y Cristo... y el Espíritu Santo.

La promesa de un Defensor sigue haciéndose realidad en el alma de cada creyente. Dejarse formar por el Espíritu Santo hace posible ese cambio de cristiano sociológico a católico convencido.
El Papa Francisco no ha hecho otra cosa que agitar la conciencia de sus fieles para abandonar cualquier atisbo de una fe inoperante. Ha denunciado con palabras claras la escasa fecundidad del cristiano con cara de funeral, del hombre aburrido por su creencia y atosigado por su fe.

Jorge tenía solo seis años cuando hizo la prueba. Quería saber, de primera mano, el significado de las palabras. Fue directo a la cocina, agarró una botella grande de vinagre de verdad –no ese que es de Módena, más suavecito– y le pegó un buen trago. Vinagre de Toledo. Treinta años después aún recuerda el asco que le produjo, y la cara que le dejó. Mirándose al espejo, ese día comprendió lo que significa tener una cara avinagrada. Lamentable.

Cuando el Papa insiste nuevamente en que no puede haber un creyente con cara de vinagre o un cristiano cuya vida habla de mero cumplimiento en vez de alegría verdadera, se refiere de algún modo a la tarea liberadora y llena de vida del Espíritu Santo en las almas.

«Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad». La petición de Jesús es ya una realidad. El Espíritu Santo está con nosotros; solo falta que tú quieras estar con Él. ¡Ven, Espíritu Divino, llena los corazones de todos e infunde en ellos la llama de tu amor! ¡Ven y no tardes!

Jesús vincula, en el evangelio de hoy, la llegada del Espíritu al cumplimiento de los mandamientos. Solo el alma en gracia se convierte en morada de las divinas personas, y solo aquella que goza de la presencia del Espíritu Santo puede cumplir los mandatos del Salvador.

Los antiguos decían, con esa carga de profundidad que tiene la sabiduría popular, que más vale morir que pecar. No debes pensar que esto es un modo de hablar ni tampoco que se refiera a un legalismo, en plan más vale morir que saltarse la norma. No se refiere a la pena que se puede contraer por pecar, como si de una norma de tráfico se tratase. Más vale cumplir la ley que perder 6 puntos del carnet y seiscientos euros. No. No es eso.

El sentido de vivir en gracia es poder disfrutar de la permanente compañía de Dios, y gustar muy especialmente de la fuerza del Espíritu Santo en el alma. Quebrantar esa confianza es perder esa presencia.

Cuando pactamos con el enemigo, y nos permitimos caer en aquello que ofende gravemente a Dios, dejamos paso en nuestra vida al cristianismo apagado y funcional, triste, que difícilmente atrae a otros a la fe. ¿No te has preguntado nunca si no estará pactada gran parte de tu escasa tensión apostólica y de tu poca ilusión por las cosas de la fe?

La primera lectura da testimonio de todo lo contrario. Felipe y, con él, todos los misioneros de la primera Iglesia buscan y rebuscan hasta encontrar a quienes no han recibido el Espíritu. También Pedro y Juan. Indagan hasta encontrar a los que, habiendo conocido al Señor Jesús, aún no disfrutan de la audacia del Espíritu Santo. A ellos les imponen las manos, y con la fuerza del Espíritu se convierten en testigos alegres del evangelio.

Quizá sea hoy tu turno; el momento de reconocer que, habiendo conocido a Jesucristo, es posible que aún no hayas recibido de veras el Espíritu que te hace su atrevido –y alegre– seguidor.

EVANGELIO

San Juan 14, 15-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama, lo amará mi Padre y yo también lo amaré y me revelaré a él.

Fulgencio Espá

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