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domingo, 4 de junio de 2017

Pentecostés

“Todos los discípulos estaban juntos...” (1ª lect). En esta atmósfera de oración y de reflexión por los acontecimientos pascuales vividos hasta el día de la Ascensión, irrumpe la fuerza de lo Alto que el Señor había prometido a los suyos. El Espíritu de Verdad que procede del Padre, el Consolador, el alma de la Iglesia, su secreto y su fuerza en medio de tantas rebeliones a bordo y de tantas tormentas como la barca de Pedro ha tenido que soportar a lo largo de su dilatada singladura.
Fue el Espíritu Santo quien dio comienzo a esa colosal empresa evangelizadora y santificadora que es la Iglesia, y es Él también, quien con su aliento divino, continúa esta tarea hasta que, cuando se cumpla la última hora de la Historia, de nuevo Cristo vuelva. Y es con este mismo aliento divino -que recuerda el gesto de Dios al crear al hombre (Cfr Gn 2,7)- como debemos nosotros seguir navegando. Por eso rezamos hoy así: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo..., mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento...” (Secuencia).

Es realmente llamativo el contraste entre la postración en que Jesús encuentra a sus discípulos: puertas cerradas, miedo, ocultación (3ª lect) y el arrojo, la seguridad y el vigor de la proclamación de la verdad cuando han recibido su Espíritu. En su inesperada aparición, Jesús les da su Paz, su Espíritu, su Poder de perdonar los pecados, su misión, que Él había recibido del Padre. Aquí está la razón profunda de este cambio.
“La acción del Espíritu Santo que opera en la Iglesia y en quienes formamos parte de Ella desde el día del Bautismo, puede pasarnos inadvertida, porque Dios no nos da a conocer sus planes y porque el pecado del hombre enturbia y obscurece los dones divinos” (S. Josemaría Escrivá). Con todo, lo decisivo es lo que hace el Señor. 
También ahora “se devuelve la vista a los ciegos, que habían perdido la capacidad de mirar al cielo y de contemplar las maravillas de Dios; se da la libertad a cojos y tullidos, que se encontraban atados por sus apasionamientos y cuyos corazones no sabían ya amar; se hace oír a sordos, que no deseaban saber de Dios; se logra que hablen los mudos, que tenían atenazada la lengua porque no querían confesar sus derrotas; se resucita a muertos, en los que el pecado había destruido la vida. Comprobamos una vez más que ‘la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que cualquier espada de dos filos’ (Heb 4,12) y, lo mismo que los primeros fieles cristianos, nos alegramos al admirar la fuerza del Espíritu Santo y su acción en la inteligencia y en la voluntad de sus criaturas” (S. Josemaría Escrivá).
La Iglesia es un signo visible de esta acción del Espíritu de Dios en el mundo. Ella tiene “una antigüedad de casi dos mil años. Frente a ella, todas las instituciones sociales del Occidente, sus estados y confederaciones de pueblos, son de ayer. Los estados, en los que se estableció la Iglesia y por los que aparentemente estaba sostenida, han caído; las culturas, con las que parecía fusionada, se han deshecho; sobrevinieron extraordinarias tempestades y conmociones en las naciones en que la Iglesia estaba implantada, y sólo ella permaneció inmutable en el cambio de los tiempos. 
Sobrevivió a la ruina del Imperio romano con todas sus crisis; no fue barrida por las invasiones de los pueblos bárbaros; no pudo ser vencida por la interna debilidad del papado, ni por la fuerza externa del emperador y el nacionalismo francés, ni por los pecados y deficiencias humanas del Humanismo y la Reforma, ni por las extraordinarias revoluciones de la Ilustración, la Revolución francesa, el capitalismo, el socialismo y la técnica moderna. En todas las crisis y tempestades se ha afirmado victoriosa y, en tal grado, que su esencia íntima, sus dogmas, su culto y su derecho permanecieron inmutables” (A. Lang).
Esta permanencia, sin precedentes en la historia, tiene su explicación en el Espíritu Santo, alma de la Iglesia.

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