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domingo, 15 de septiembre de 2019

El día del Señor: domingo 24º del T.O. (C)

Todo conocimiento de Dios ha de arrancar de esta gozosa realidad: Dios es mi Padre. Un Padre que no se incomoda con la inconsciencia y las debilidades humanas, sino que está siempre dispuesto a abrir sus brazos paternales a sus hijos rebeldes o protestones.
Detengámonos un poco en esta consoladora realidad al hilo de esta soberbia parábola que acabamos de escuchar centrando nuestra atención en el comportamiento del Padre con estos dos hijos, porque en ella Jesús nos ofrece un retrato fiel del Corazón de Dios. 

Lo primero que llama la atención es que el amor del Padre por sus hijos es total. Total y absoluto, como se observa tanto en el diálogo con el mayor que ha vivido protegido por ese amor sin valorarlo, como en su comportamiento con el menor. El mayor está a su lado, ciertamente, pero lo que en el fondo desea es divertirse con sus amigos. El menor ha tirado la mitad de la hacienda y perdido la dignidad.
La alegría del Padre por el retorno de su hijo menor nos humedece los ojos. Antes de que el hijo abra la boca para disculparse ha corrido a su encuentro y lo ha cubierto de besos. "Tú temes una reprensión, y Él te devuelve tu dignidad, comenta S. Ambrosio, temes un castigo, y te da un beso; tienes miedo de una palabra airada, y prepara para ti un banquete". Es realmente consolador. 
Pero, ¿y su comportamiento con el mayor, no es, si cabe, aún más conmovedor? Recordemos que al volver de su trabajo y ver la fiesta, la música, el banquete por el regreso de su hermano se irrita y se niega a participar en la fiesta. Piensa, tal vez, que su fidelidad no ha sido valorada y es víctima de un agravio comparativo. 
Con una ternura inmensa el Padre se dirige también a él: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; debería alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado". ¡Qué distinto es Dios de nosotros! ¡De qué forma tan otra se conduce cuando nos portamos mal con Él!
Pascal decía que "el corazón tiene razones que la mente no comprende". ¿No sentimos latir aquí el Corazón de Dios? Sí, Dios nos ama a pesar de que nosotros no lo hagamos, o lo hagamos de un modo poco entusiasta, como el hijo mayor. Es preciso reconsiderar muchas veces todo esto para que no desesperemos ante nuestras rebeldías y protestas, porque "quien ha sido objeto de la compasión divina -dice Juan Pablo II- no se siente humillado sino revalorizado".

Pidamos hoy esto: Señor, inculca esta verdad no sólo en mi cabeza y mi corazón sino en mi vivir diario. Que ante los reveses de la vida no pierda la serenidad, consciente de que nada ocurre que no sea para bien y oiga siempre en el fondo del corazón: tú eres mi hijo muy amado, en quien me complazco; hijo mío en mi Hijo.
Juan Ramón Domínguez Palacios
http://lacrestadelaola2028.blogspot.com

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