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domingo, 5 de octubre de 2014

EL DÍA DEL SEÑOR: DOMINGO 27º DEL T.O. (A)

   
   Tomando la imagen de la viña con la que en el Antiguo Testamento los profetas comparaban al pueblo de Dios, la Iglesia, Jesús nos dice que este mundo es como una viña entregada por Dios a unos labradores en un país lejano para que la cultiven y recoger el fruto a su tiempo. Como el dueño está lejos, los viñadores acaban por considerarse propietarios. Todos los que son enviados por Dios para pedir cuentas son maltratados e incluso asesinados. Por fin, es enviado el Hijo al que matan con la ilusión de ser los únicos dueños. Éste es también nuestro pecado, muchas veces. 

   Creemos que la vida es nuestra y que podemos diseñar nuestro futuro sin injerencias, apartando de nuestra vista las indicaciones divinas. Hay quienes ven a Dios, que es nuestro Padre, Sabiduría y Bondad infinita, que no quiere sino el bien de sus hijos, no como el garante de nuestro bienestar sino como el que lo impide o lo torna difícil al tener que estar sujeto a sus mandamientos. Se olvida así aquella lúcida afirmación de S. Agustín que, al hablar de la Ley de Dios, decía que Él “escribió en las Tablas de la Ley lo que los hombres no leían en sus corazones” (In Salm 57, 1). 


 No deberíamos olvidar la facilidad que tenemos los humanos para divinizar lo que no es Dios: el poder, el dinero, el éxito, el sexo... Dios, con sus indicaciones, quiere librar al hombre del peligro de esa adoración desviada que es la idolatría. Estar en las manos de Dios, comprender que somos suyos, es un consuelo porque “si es cierto que la vida del hombre está en las manos de Dios −recuerda Juan Pablo II−, no lo es menos que sus manos son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño: “mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre” (Ps 131/130, 2) (Ev. Vitae, 39). 

 Pero todos llevamos dentro un dictador orgulloso que antepone con frecuencia su criterio y su voluntad a las instancias divinas. ¡A mí nadie me tiene que decir lo que debo o no hacer! ¡En mi vida mando yo! Y junto a él, un ser regalón y holgazán siempre atento a eliminar todo lo que supone esfuerzo. Depongamos esa tendencia a apartar de nuestra vista lo que Dios y la Iglesia nos piden “Aprendamos a servir: no hay mejor servicio que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad” (S. Josemaría Escrivá). ¡Dar fruto! ¡Hacer rendir los talentos recibidos! 

Esto pide el Señor. “Servir al Señor con alegría” (S. 92), especialmente en el hogar y en todos esos lugares que frecuentamos. ¡Cuántas ocasiones en la vida del hogar para servir al Señor, que nos hacen agradable a sus ojos y contribuyen a ese bienestar íntimo tan necesario para hacer más llevadero el peso de los días! Ese olvidarnos de nosotros mismos y esforzarnos por hacer grata la convivencia con pequeños servicios: adelantándonos a responder al teléfono, a abrir la puerta, cambiar una bombilla, limpiar un cenicero... El procurar que nadie se sienta solo. El conocer los gustos de los demás para, con naturalidad, hablar de temas de su agrado. 

El ceder con elegancia y hasta con sentido del humor cuando surja un roce sin excesiva importancia, pero que el egoísmo y la falta de inteligencia convierten en una montaña... Todo esto y tantas cosas más es posible cuando no sofocamos lo que de más cálido y mejor hay en nosotros y, sobre todo, cuando no vivimos en una atmósfera dominada por el egoísmo. No somos los propietarios de nuestra vida sino sus cultivadores. Si la vivimos como Jesucristo quiere, “la paz de Dios que sobrepasa todo juicio −nos dice S. Pablo en la 2ª Lectura de hoy− custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.

Justo Luis
almudi.org

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