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sábado, 21 de febrero de 2026

El día del Señor: domingo 1º de Cuaresma (A)

Con su ejemplo y su gracia el Señor nos enseña el camino para vencer las tentaciones. Acompaño mis reflexiones.

Cristo fue tentado en el desierto. Todo hombre prueba alguna vez la aridez y monotonía del desierto; en su hogar, cuyas tareas pueden cansarle; en el trabajo que puede aburrirle...; la vida misma, que es un regalo y una tarea ilusionante, puede antojársele insípida. Y lo mismo ocurre con la vida cristiana. Es, en alguna medida, la noche oscura de los santos.

El Diablo aprovecha el hambre de Jesús para sugerirle que convierta las piedras en pan. Pero Él respondió que "no sólo de pan vive el hombre". Fue una respuesta magnífica. No sólo de lo que nos ofrece este mundo vive el hombre. Hay algo más que lo que hace temporalmente risueña y dichosa la vida. También a nosotros, en horas de cansancio o de tedio, nos incita el Diablo a convertir la piedra de la monotonía de los días iguales en pan que calme el hambre de una dicha que parece ausente. Es la tentación, el ofrecimiento para que cambiemos el rigor de una vida cristiana honrada, por otra más "libre", más "humana".

En esas embestidas de la comodidad, el egoísmo, la sensualidad..., no debemos dialogar con el señuelo de ofrecer un alivio a nuestro quebranto interior; no debemos dialogar, porque el Diablo nos supera en inteligencia y astucia. "Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra... los dominadores de las tinieblas" (Ef 6,2).

Podemos hacer frente a la tentación porque "fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas" (1 Cor 10,12), y "donde el diablo asedia, allí está presente Cristo" (S. Ambrosio, Sermo 20). Podemos, como Jesús, responder en esas horas de especial acoso, que no sólo de pan se vive y que hay que adorar a Dios y sólo a Él servirle.

¡Qué gran cosa sería que Dios pudiera decirnos cuando nos presentemos ante Él al final del trayecto: "Me acuerdo de tu fidelidad, de tu amor hacia mí, de tu seguirme a través del desierto, tierra donde no se siembra" (Jer 2,2). "Al que venciere, le concederé sentarse conmigo en mi trono" (Apoc 3,21). Como aquellos ángeles que sirvieron a Jesús, seremos premiados un día. Ésta será nuestra recompensa a una fidelidad sostenida con la ayuda de los Sacramentos y del consuelo y apoyo, si no lo rehuimos, de todos en la Iglesia.

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: -Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó diciendo: -Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: -Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: -También está escrito: No tentarás, al Señor, tu Dios.
Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor le dijo: -Todo esto te daré si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: -Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto. Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían” (Mateo 4,1-11).

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