Escribe el embajador José Cuenca: «El derecho a decidir es algo que hemos conseguido con esfuerzo y sacrificio. Y que está consagrado en la Constitución de 1978. Pero tiene que ejercerse en el marco de la ley. Porque si no es así, las normas emanadas de esos dóciles parlamentos amañados pierden su naturaleza democrática. Y las urnas se convierten en lo que nunca deberían haber sido: un torpe y grosero mecanismo autoritario al servicio del que manda»
EL 15 de junio de 1977, en un ambiente de paz y de alegría, los españoles fuimos a las urnas para elegir, de acuerdo con las leyes en vigor, el Parlamento democrático que había de redactar la Constitución de la concordia, que abría para España los caminos de la libertad. Para mí fue algo nuevo. Yo pasaba ya de los cuarenta, ejercía como consejero político de nuestra Embajada en Londres y, sin embargo, era la primera vez que votaba en democracia.
Millones de catalanes pudieron ese día designar a sus representantes en las Cortes de Madrid. Después, volvieron a comparecer ante las urnas en un decisivo referéndum, en el que la Constitución de 1978 recibió un amplio apoyo popular. Dos ilustres juristas catalanes, Jordi Solé Tura y Miquel Roca, habían participado activamente en su elaboración. Y otro catalán, Joan Reventós, pudo decir en el debate celebrado en el Congreso: «Hoy ha terminado la Guerra Civil».
