Hace apenas siglo y medio, científicos como Pasteur se esforzaron para demostrar que eran los microbios, invisibles al ojo humano, los que producían infecciones o fermentaban el mosto. Hoy sabemos que la vida microbiana representa la inmensa mayoría de la biosfera, disponemos de antibióticos para combatir las infecciones o utilizamos microbios para producir fármacos en la industria biotecnológica.
Pero hasta hace poco resultaba inabarcable la variedad de la microbiota que puebla nuestro organismo. Albergamos diez veces más células microbianas que células propias, de ahí el señalar que se trata del último órgano de nuestro cuerpo. Con las nuevas tecnologías conocemos los genes microbianos (microbioma) que nos habitan, podemos deducir que representan a cientos de especies de bacterias y otros microbios, así como valorar cuál es su aportación a nuestra fisiología; desde la degradación de compuestos tóxicos que nuestras células no pueden llevar a cabo, hasta aportes de vitaminas o de energía.
