Resulta inevitable hablar −alguien pensará que menos de lo debido−de la crisis profunda de la identidad espiritual de occidente.
No es nostalgia, sino sentido de la oportunidad. Ha pasado poco más de un siglo de la publicación por Oswald Spengler de La Decadencia de Occidente, justo al final de la primera gran guerra.
Muchas cosas han sucedido desde entonces, y no pocas esperanzadoras, como la constitución de la Unión Europea, años después del segundo gran conflicto mundial. Luego, la caída del Muro abrió nuevos horizontes de libertad y convivencia que, por desgracia, no acaban de consolidarse.



