Hemos vivido en la Iglesia, a lo largo de la semana que acaba de concluir, una intención común muy agradable a Dios: hemos rezado por la unidad de todos los cristianos
No por una simple unidad sociológica, de amistad, en busca de la paz, etc., que llevara sencillamente a superar situaciones históricas que han originado la división, y llevarnos bien como si fuéramos partes iguales de una iglesia “espiritual”, desencarnada de la realidad de la historia.
NO. Hemos rezado por la unidad de todos los hombres y mujeres que creen en Dios, Uno y Trino, que creen que Cristo es la Segunda Persona de la Trinidad, y es Dios y hombre verdadero, que creen en el Espíritu Santo, y en las otras verdades afirmadas en el Credo, y que todavía no son miembros de la Iglesia Católica, para que el Espíritu Santo les de Gracia para que crean, además, en que Cristo estableció una sola Iglesia −Una, Santa, Católica, Apostólica, en la que hay “un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo”− y confió a Pedro que fortaleciera la fe de sus hermanos.





