El nacimiento del primer niño “de tres padres” se está vendiendo como una proeza de ingeniería reproductiva y una victoria ética. Se ha alcanzado el noble fin de dar descendencia sana a una pareja que había perdido dos hijos a causa de un trastorno hereditario. Y por un medio irreprochable, sin destruir ningún embrión. Esto último, algo sumamente raro en la reproducción asistida, no está claro que se haya dado tampoco en este caso.
Hay que comenzar con una advertencia: no se conocen todos los detalles, a falta de la comunicación científica formal, anunciada para octubre próximo en el congreso de la Asociación de Americana de Medicina Reproductiva. Se sabe solo lo que ha publicado New Scientist.
El caso es el de una pareja norteamericana de origen jordano. Ella es portadora sana de una anomalía genética, el síndrome de Leigh, que radica en las mitocondrias. Estos orgánulos del citoplasma tienen su propio ADN –distinto del de los cromosomas del núcleo–, que se hereda solo de la madre. Por ese trastorno, murieron los dos hijos que tuvo la pareja.
