Robert Redford cumple 80 años, la mayoría de ellos dedicados al compromiso y a la lucha, unas internas y otras externas. En las primeras, un combate singular contra sí mismo, contra su físico y buscando con ansia demostrar que no solo era una cara bonita. En las segundas, un continuo batallar en pro de la justicia social, de los derechos humanos y en defensa de los más desfavorecidos.
A Redford todo le costó. Su familia era pobre. Su padre, de origen irlandés y escocés (unas raíces a las que el actor achaca su pesimismo vital), era un lechero que ganaba 35 dólares semanales y el chico se crió en un suburbio mexicano de Santa Ana. Más tarde, la familia se trasladó al barrio de San Fernando buscando una mejora económica que nunca llegaría.
Lo que marcó su vida fue la muerte de su madre cuando él tenía 18 años y vivía una época de borracheras continuas.
Aunque el sueño de sus padres era que su hijo fuera médico o abogado para escapar de la penuria que ellos tenían, Robert siempre tuvo aspiraciones artísticas (quería ser pintor), eso y una obsesión por Europa, obsesión que aún hoy perdura. Uno de sus profesores le dijo que dejara de hablar y actuara, así que se fue a París buscando un abrigo que nunca encontró («los norteamericanos no caemos bien en Francia»). Pasó por Roma (donde se besó con Ava Gardner), Viena (ayudando a los rebeldes húngaros contra los soviéticos) y Mallorca (donde aprendió a pescar) y luego volvió a Estados Unidos, donde trabajó de obrero hasta que conoció a Sidney Pollack, que le rescató para el cine.
