«Por paradójico que resulte, es esta España de las autonomías, tan imperfecta, tan necesitada incluso de reformas estructurales de calado, la que ha permitido que el Ejecutivo de una comunidad autónoma haya plantado cara al mismísimo Gobierno central, oponiendo gestión a propaganda, transparencia a ocultación, éxito a fracaso, y haya salido airoso del envite»
La victoria de Isabel Díaz Ayuso en las elecciones de ayer no por esperada resulta menos importante. Acaso porque las propias elecciones trascendían ya del ámbito de unos comicios autonómicos y se adentraban en el de la política nacional.
Pero también porque, nada más convocarse -y en esta ocasión en solitario, sin que el foco informativo tuviera que compartirlas con las locales ni con el resto de las autonómicas-, adquirieron un carácter plebiscitario. Lo que invitaba a esa bipolaridad era sobre todo un modelo, el modelo Madrid. Los ciudadanos de la comunidad llamados a las urnas debían pronunciarse a favor o en contra, debían apostar por perpetuarlo y afianzarlo, o bien por enterrarlo de forma tal vez conclusiva; debían mojarse,














