Por su interés, propongo la lectura del reportaje publicado por
Belén Manrique en el último número de la revista
Misión (nº 35) sobre los preocupantes efectos que la dependencia de los dispositivos digitales y las redes sociales está produciendo en la personalidad y el modo de comportarse de muchos.
Tenemos que utilizarlos con sobriedad de manera que no entorpezcan nuestras tareas diarias. Es importante fijar momentos concretos de conexión y poner el móvil en modo avión para poder rezar y cumplir nuestras obligaciones familiares, profesionales y esenciales. Con paciencia, debemos educar a los niños y jóvenes a usar bien las nuevas tecnologías
Conectados pero aislados
La descarga de dopamina en nuestro cerebro al intercambiar mensajes de texto es similar a la de un adicto a la cocaína
Las redes sociales transforman no solo el modo en que nos relacionamos, sino también nuestra forma de ser. Cada vez nos cuesta más improvisar conversaciones cara a cara; estamos más centrados en nosotros mismos (nuestro estatus, nuestros tuits…) y menos en los demás. Además, nos comparamos con otros, envidiamos la vida que muestran en sus fotos, y proyectamos una imagen idílica y ficticia sobre quiénes somos.