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domingo, 14 de junio de 2015

EL DÍA DEL SEÑOR: DOMINGO 11º DEL T.O.

Cuando estamos en los inicios de un nuevo milenio, una pregunta podría abrirse paso en medio de la alegría por la celebración de estos dos siglos de cristianismo: ¿para qué han servido tantos años de esfuerzos por difundir el mensaje de Jesucristo cuando observamos a tantos que no le conocen o viven como si no le conocieran? Querríamos disfrutar ya de un mundo más humano y justo, más cristiano, y al no ser así aunque es mucho lo que se ha hecho en todos estos años, nos impacientamos y el desaliento nos quita la esperanza.
 
La Iglesia, sin embargo, nos recuerda hoy que la semilla cristiana tiene un dinamismo tan silencioso como imparable. Ella es como esa rama de la que habla el profeta Ezequiel en la 1ª Lectura que, plantada por el Señor, se convierte en un cedro frondoso en el que “anidarán aves de toda pluma”; o como esa semilla que crece sin que el hombre lo advierta a pesar de que su comienzo sea tan modesto como los diminutos granos de que está hecha la mostaza.

Vivimos en un tiempo en el que nos hemos acostumbrado a obtener las cosas en menos tiempo que antes, a acortar distancias, y así como hoy podemos acelerar procesos que en otro tiempo requerían un tratamiento más lento, así querríamos que las metas espirituales no fueran el fruto de largas esperas y pacientes esfuerzos. El Señor nos recuerda hoy que la paciencia es necesaria en esta labor que, en colaboración con el Espíritu Santo, hemos de hacer en nosotros mismos y en los que nos rodean. Hemos de trabajar para que Jesucristo sea conocido y querido con visión de eternidad, con sentido de futuro, y esto, sin paciencia, es imposible.
 
La paciencia es una virtud propia del que espera llegar a una meta, el requisito de cualquier logro valioso. Pretender obtener enseguida un resultado e impacientarse por no conseguirlo manifiesta una actitud parecida a la colérica. La diferencia está en que el colérico no se adapta a las personas y a las cosas con las que convive y el impaciente se queja de la tardanza en lograr algo de las personas o de las cosas. Es un inadaptado con respecto al tiempo como el colérico lo es a la realidad. La paciencia, en cambio, se acomoda al compás de las personas y de las cosas sin acelerarlo.
 
Un cristiano que viva la recia virtud de la paciencia no se desconcertará al advertir la indiferencia de algunos por las cosas de Dios porque sabe que hay personas que en capas subterráneas guardan, como en la bodega los buenos vinos, un ansia grande de Dios que es preciso sacar afuera a su debido tiempo, respetando sus ritmos, como el labrador respeta las estaciones. El hombre paciente se asemeja al labrador que acomoda su tarea al ritmo propio de la naturaleza, al arado, la siembra, el riego..., una serie de tareas que llevan meses hasta lograr el pan para los suyos y otros muchos. El impaciente querría comer sin sembrar. Si abandonamos la lucha por mejorar como cristiano y por ayudar a que otros mejoren porque no vemos resultados, estamos cediendo a la impaciencia, desconfiamos de Dios, de las personas y de nosotros mismos, que necesitan y necesitamos un tiempo para que la semilla del Reino de Dios se convierta en un árbol que da fruto.

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