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sábado, 5 de junio de 2021

Corpus Christi

Quedamos asombrados en la fiesta de hoy al contemplar el Amor infinito de Dios que siempre está a nuestro lado. Acompaño mis reflexiones

Jesús encargó a sus discípulos que prepararan la Cena Pascual. Con este rito los israelitas recordaban un acontecimiento pasado inolvidable: la liberación de la esclavitud sufrida en Egipto y el pacto de la alianza de Dios con su pueblo al que alude la 1ª Lectura de hoy. Con esta cena no se recordaba un acontecimiento pasado simplemente, sino que lo actualizaban y revivían. Al bendecir en esa Cena el pan y el vino transformándolo en su Cuerpo y su Sangre, Jesús instituye la Eucaristía como memorial perenne de su Pasión, Muerte y Resurrección, que engloba también nuestra liberación de la esclavitud del pecado y de la muerte.

“Cuando presentó a sus discípulos el cuerpo para ser comido y la sangre para ser bebida, enseña S. Gregorio De Nisa, ya estaba inmolado en forma inefable e invisible el cuerpo según el beneplácito de quien había establecido el misterio (...) Pues tenía la potestad de entregar su alma por sí mismo y retomarla cuando quisiese (Cf Jn 10,18), tenía la potestad como hacedor de los siglos, de hacer el tiempo conforme a sus obras y no esclavizar sus obras al tiempo”.

Hoy es un día de acción de gracias y de honda y cristiana alegría. Durante muchos años el Señor alimentó con el maná a su pueblo peregrinante por el desierto. La Sagrada Eucaristía es también el viático para el largo peregrinaje de nuestra vida hacia la tierra prometida, el Cielo. 

Hoy se ofrece a nuestra contemplación el Cuerpo y la Sangre de Jesús que recuerda la increíble manifestación de amor que supone la muerte en la cruz por nosotros. Aunque celebremos una vez al año esta solemnidad, la Iglesia la proclama todos los días en todos los rincones del mundo; y hoy también, en muchas ciudades y pueblos, se vive la antiquísima costumbre de llevar en procesión por las calles a Jesús Sacramentado, “rompiendo el silencio misterioso que circunda a la Eucaristía y tributarle un triunfo que sobrepasa el muro de las iglesias para invadir las calles de las ciudades e infundir en toda la comunidad humana el sentido y la alegría de la presencia de Cristo, silencioso y vivo acompañante del hombre peregrino por los senderos del tiempo y de la tierra” (Pablo VI).

La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, llevó a la devoción a Jesús Sacramentado fuera de la Misa. En los primeros siglos de la Iglesia se conservaban las Sagradas Especies para poder llevar la Comunión a los enfermos y a los que, por confesar su fe, estaban en prisión en trance de sufrir martirio. Con el paso del tiempo, el amor al Señor que se quiso quedar con nosotros condujo a tratar con la máxima reverencia su Cuerpo y su Sangre y a darle un culto público: bendición con el Santísimo, procesiones, visitas al Sagrario, adoración y velas nocturnas, comuniones espirituales y actos de reparación, etc. Un modo de valorar y ser sensibles a este gesto de amor de quien murió por mí y por su Iglesia (Cf Gal 2,20), y por todo el mundo (Cf Col 1,20).

En la Eucaristía, oculto a los sentidos pero no a la fe, está el Señor “mirándonos como a través de celosías” (Cant 2,9). No ha querido esperar al encuentro definitivo allá en el Cielo y nos ha dejado un anticipo de esa figura que un día contemplaremos con gozo y sin velos: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado” (Juan 17, 3).

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     14, 12-16. 22-26

    El primer día de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?»
    El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: "¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?" El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario.»
    Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
    Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo.»
    Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.»

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