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sábado, 10 de febrero de 2024

El día del Señor: domingo 6º del T.O. (B)

Con su misericordia infinita el Señor nos cura y abraza siempre. Acompaño mis reflexiones.

“Se acercó a Jesús un leproso...” En la 1ª Lectura hemos escuchado que “mientras le dure la lepra, seguirá impuro: vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”. Por temor al contagio y a incumplir la Ley, las gentes, incluso los familiares, eludían su trato y se apartaban de él con miedo y repugnancia. Jesús, sin embargo, permitió que se acercara y, extendiendo la mano, le tocó para curarlo.

Los Padres de la Iglesia vieron en la lepra la imagen del pecado, tanto por su repugnancia como por la separación que ocasionaba entre quienes estaban cerca. El pecado va introduciendo en el corazón humano un principio de descomposición: el virus de la soberbia, la comodidad egoísta, la sensualidad... que poco a poco va agravando –como la lepra la piel humana- todo el comportamiento de la persona, tornándola molesta primero y repulsiva después, para familiares, amigos y conocidos.

Las flaquezas, errores y abusos deben llevarnos a acercarnos a Cristo en el Sacramento de la Confesión. Jesús aseguró que Él ha venido a por los pecadores: “Es médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare (Mt 8, 2), Señor, si quieres – y Tú quieres siempre-, puedes curarme” (San Josemaría Escrivá).

En el Salmo Responsorial hay un eco de la alegría que invadió a este leproso: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Efectivamente, a pesar de que el Señor le encargó severamente que no se lo dijera a nadie, su alegría al verse curado no pudo guardársela y empezó a divulgar su curación con entusiasmo.

El protagonista de la sanación no puede contener su gozo, y le resulta imposible limitarse a transmitirlo al sacerdote que debía verificar la curación. El perdón, el sentirnos amados incondicionalmente, nos lleva a abrirnos a los demás y mostrarnos cercanos con los que tenemos a nuestro lado. Cuando experimentamos la misericordia divina, sentimos la necesidad de restaurar los vínculos rotos y contagiar el bien recibido. 

Sólo Dios puede eliminar la lepra del pecado y devolver a la criatura la salud perdida. “El perdón humano, por muy generoso que sea, nunca llega a disipar todas las sombras de la desconfianza. El recuerdo de la ofensa no se borra nunca definitivamente. Aún suponiendo que el que perdona pueda olvidar todo el mal y conceder de nuevo su confianza, el perdonado no podrá nunca olvidar su villanía. Le perseguirá siempre un sordo malestar y se encontrará incómodo ante la persona a la que ofendió” (G. Chevrot).

Cuando Dios perdona todo es distinto y mejor, como se ve en la acogida del Hijo pródigo o en ese mantener a Pedro al frente de su Iglesia a pesar de haberle negado delante de unos criados de casa grande. Dios perdona y permite que podamos sentirnos limpios, caminar con la cabeza bien alta y con el corazón rebosante de alegría y agradecimiento.


 «Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: Si quieres, puedes limpiarme. Y compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. Le conminó y enseguida lo despidió, diciéndole: Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio. Sin embargo, una vez que se fue, comenzó a proclamar y a divul­gar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abier­tamente en ciudad alguna, sino que se quedaba fuera, en luga­res apartados. Pero acudían a él de todas partes» (Marcos 1,40-45).

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