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sábado, 17 de febrero de 2024

El día del Señor: domingo 1º de Cuaresma (B)

Cuaresma. Una oportunidad de oro para practicar por amor a Dios la oración, el ayuno y la limosna. Acompaño mis reflexiones

Con la ceremonia de la imposición de la Ceniza, el Miércoles pasado, comenzaba la Cuaresma, tiempo de preparación para la gran Solemnidad de la Pascua del Señor, su paso de la muerte a la vida, anticipo del que esperamos dar también nosotros. 

Un tiempo litúrgico fuerte que recuerda los cuarenta años de peregrinación del pueblo de Dios por el desierto hacia la Tierra Prometida; los cuarenta días de Moisés y Elías previos al encuentro con Dios; los de Jonás para alcanzar la penitencia y el perdón; y, sobre todo, los de Jesús antes del comienzo de su ministerio público. Un tiempo, pues, de profunda renovación interior.

La Iglesia hace un llamamiento apremiante a cada uno de nosotros para que, así como Jesús se entregó por espacio de cuarenta días a un ayuno riguroso y rechazó las tentaciones del enemigo, de igual modo nosotros ayunemos de toda palabra u obra que no sea grata a Dios, preparándonos con sinceridad de corazón a las celebraciones pascuales, preludio de la Pascua eterna que disfrutaremos un día.

En nuestra vida cristiana no debe extrañarnos la tendencia a la comodidad egoísta. El Señor permite la tentación porque, al superarla con la ayuda de su gracia, ella hace a la persona más madura, más comprensiva, más realista, encaminándola así hacia la eternidad. “Dichoso el varón que soporta la tentación porque, probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman” (Sant. 1, 12).

Cuaresma. Una oportunidad de oro para practicar por amor a Dios la oración, el ayuno y la limosna. Oración para conocer y amar cada día más a Jesucristo. Ayuno, no tanto del alimento cuanto de todo aquello que sabemos que desagrada a Dios. Limosna que, por ser un ejercicio de la virtud de la caridad, permite que nos acerquemos a la cumbre del vivir cristiano, porque la plenitud de la Ley de Dios es el amor.

Cuaresma. Una invitación a una profunda conversión que se traduzca en una piedad más sincera y constante, no abandonando la meditación de la Palabra de Dios, la Sta Misa y la Comunión con Él por motivos banales. Conversión que se refleje en un trabajo hecho de la mejor manera que sepamos y podamos, con ilusión por la obra bien hecha. Conversión que nos lleve a afrontar con ánimo deportivo las contrariedades y roces propios de toda convivencia, no volcando en los demás el vinagre del mal humor, del resentimiento. Conversión que lleve a una guarda decidida de los sentidos para proteger al corazón de la basura moral que, a veces, impregna el ambienta que nos rodea. En pocas palabras: en un empeño sostenido por apartar de nosotros pautas de comportamiento que desdicen de la conducta de un buen cristiano.

Decidámonos a acompañar estos días a Jesús contemplando su entereza al acercarse el momento de su Pasión y Muerte, valiéndonos de ese piadoso y estimulante ejercicio del Via Crucis, de la consideración de los Misterios de Dolor del Sto Rosario, o de la lectura atenta de esas horas de dolor que nos ofrecen los Evangelistas. 

“En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: -se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia” (Marcos 1,12-15).  

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