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sábado, 16 de marzo de 2019

Belén

Al entrar en la Basílica de la Natividad desde la Plaza del Pesebre, uno siente que ha entrado en un mundo diferente. Esta basílica es la misma que mandó construir Justiniano en el 529.

 Tiene forma de cruz latina con el transepto rematado en ábsides. La nave central se halla flanqueada por 44 columnas rosadas de piedra caliza, distribuidas en cuatro filas. Desde la plaza que hay delante de la basílica, el visitante tiene la impresión de hallarse frente a una fortaleza medieval: gruesos muros y contrafuertes, con escasas y pequeñas ventanas. 


Se entra por una puerta tan diminuta que obliga a pasar de uno en uno, y aun así con dificultad: es preciso inclinarse bastante. En su homilía durante la Santa Misa de la Nochebuena de 2012, Benedicto XVI se refirió a este acceso al templo: «Quien quiere entrar hoy en la iglesia de la Natividad de Jesús, en Belén, descubre que el portal, que un tiempo tenía cinco metros y medio de altura, y por el que los emperadores y califas entraban al edificio, ha sido en gran parte tapiado. 

Ha quedado solamente una pequeña abertura de un metro y medio. La intención fue probablemente proteger mejor la iglesia contra eventuales asaltos pero, sobre todo, evitar que se entrara a caballo en la casa de Dios. 

Quien desea entrar en el lugar del nacimiento de Jesús, tiene que inclinarse. Me parece que en eso se manifiesta una cercanía en esta Noche santa: si queremos encontrar al Dios que ha aparecido como niño, hemos de apearnos del caballo de nuestra razón “ilustrada”. Debemos deponer nuestras falsas certezas, nuestra soberbia intelectual, que nos impide percibir la proximidad de Dios” (Benedicto XVI, Homilía, 24-XII-2011). 

Pero el centro de esta gran iglesia es la Gruta de la Natividad, que se encuentra bajo el presbiterio: tiene la forma de una capilla de reducidas dimensiones, con un pequeño ábside en el lado oriental. 

El humo de los cirios, que la piedad popular ha puesto durante generaciones y generaciones, ha ennegrecido las paredes y el techo. Allí hay un altar y, debajo, una estrella de plata que señala el lugar donde Cristo nació de la Virgen María. La acompaña una inscripción, que reza: Hic de Virgine Maria Iesus Christus natus est. 

El pesebre donde María acostó el Niño, tras envolverlo en pañales, se encuentra en una capillita aneja. En realidad es un hueco en la roca, aunque hoy está recubierto de mármol y anteriormente lo estuvo de plata. Enfrente, hay un altar llamado de los Reyes Magos, porque tiene un retablo con la escena de la Epifanía.

 La Eucaristía celebrada en esta capilla ha sido uno de los momentos más importantes de la peregrinación. Después tuvimos un encuentro con Fray Artemio Vitores, Guardián del convento de Santa Catalina de Belén. Fue un encuentro estupendo que nos ha ayudado mucho a todos. 

Después visitamos el Campo de los Pastores, a unos 3.5 km de Belén, un recinto cercado con un amplio sendero que discurre por el parque de la colina entre árboles y flores que evocan claramente el lugar donde aquellos pastores del siglo I llevaban a sus ovejas a pacer. 

 El sendero lleva directo a la cima de la colina donde nos espera una amplia plaza decorada con por La Fuente de los Pastores construida sobre una plataforma de forma hexagonal, con motivos alegóricos en conmemoración de los pastores y su rebaño, por lo que coronando la fuente tenemos la escultura del pastor y bajo sus pies motivos floreales como hojas de palma, cabezas del ganado, ovejas y patos en acto de beber. 

 Llegados a la Iglesia de los Pastores nos encontramos con un gracioso templo de planta decagonal rodeada por cuatro capillas y el ábside que aloja el altar, cubierto por una gran cúpula de hormigón y cristal que deja entrar la luz iluminando el altar como lo hiciera la estrella guía que indicó el camino a los pastores. Sobre la puerta de entrada luce el ángel de la anunciación y sobre él, un singular campanario incorporado a la fachada por medio de tres arcos. Allí cantamos un villancico y el Adeste Fideles. 

En los aledaños del santuario encontramos numerosas grutas, que fueron descubiertas gracias a las excavaciones llevadas a cabo por el Padre Virgil Corvo en 1951 en las que descubrió numerosas grutas excavadas en la roca calcárea en las que se remontaban a la época herodiana y romana como demuestran algunos utensilios encontrados. Hoy estas cuevas se han convertido es preciosas capillas en las que se celebra la eucaristía. Finalizamos la jornada con una visita al Mar Muerto.

Juan Ramón Domínguez Palacios

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