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viernes, 4 de septiembre de 2026

El día del Señor: domingo 23º del T.O. (A)

La corrección fraterna cristiana es el arte de curar con amor acompaño varias reflexiones. 

El Evangelio que acabamos de escuchar nos sitúa en el corazón mismo de la vida de la Iglesia. El mensaje de Jesús no hace impecables a los hombres; pero sí nos pide amarnos unos a otros a pesar de nuestros defectos y errores. Hoy, el Señor nos regala tres enseñanzas fundamentales para vivir la caridad cristiana: la corrección fraterna, el misterio de la Reconciliación y la fuerza de la oración en común.

1. La corrección fraterna: el arte de curar con amor
Jesús nos invita en primer lugar a ser jueces misericordiosos que tratan con comprensión a quien yerra. Nos dice: "Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él". La corrección fraterna no nace del orgullo de sentirse superior, sino del deseo sincero de salvar al hermano. Como nos recordaba San Agustín: «Debemos, pues, corregir al hermano por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda».
Este cuidado mutuo evita lo que el Papa Francisco denuncia como "esa amargura del corazón que lleva a la ira y al resentimiento", recordándonos que insultar o agredir jamás será el camino de un cristiano. Por el contrario, la corrección hecha con delicadeza es un verdadero acto de nobleza y amistad. Como enseñaba San Josemaría: «La práctica de la corrección fraterna –que tiene entraña evangélica– es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives». Corregir y dejarse corregir son dos caras de la misma caridad.

2. Atar y desatar: el don de la Reconciliación
En segundo lugar, Jesús entrega a los Apóstoles una potestad sagrada: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo...». El Catecismo de la Iglesia nos aclara con precisión que la reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios. Aquel que es excluido de la comunión por el pecado, es alejado de Dios; pero aquel que es recibido de nuevo, es acogido plenamente por los cielos.

Esta maravillosa potestad de desatar las cadenas del pecado se actualiza hoy de manera ordinaria a través del sacramento de la Confesión. En el confesor, que recibe su facultad del Obispo como sucesor de los Apóstoles, es el mismo Cristo quien nos abraza, nos perdona y nos devuelve la paz. No desperdiciemos este canal infinito de misericordia donde lo que estaba atado en la tierra por nuestras flaquezas, queda desatado para siempre por el amor de Dios.

3. La oración en común: donde dos o tres se reúnen
Finalmente, el Señor nos muestra otro fruto maduro de la caridad: la oración unánime. Jesús promete que si dos se ponen de acuerdo para pedir algo, el Padre se lo concederá. Ciertamente, la oración personal es indispensable, pero el Papa Benedicto XVI nos explicaba que el Señor asegura una presencia especial a la comunidad unida, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, que es perfecta comunión de amor.

Cuando rezamos juntos, no solo movemos el corazón del Padre, sino que ganamos el don más grande: la presencia de Jesús entre nosotros. Como nos enseña la Iglesia en el Concilio Vaticano II, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica: en la Santa Misa, en los Sacramentos, en su Palabra proclamada y cuando la Iglesia suplica y canta. Sobre esta unidad en la oración, San Cipriano nos exhortaba con fuerza: «Dios no recibe el sacrificio de quien no está en concordia, y manda que se vuelva del altar y se reconcilie primero con el hermano, para que con oraciones pacíficas pueda también Dios ser pacificado. El sacrificio mayor para Dios es nuestra paz y la concordia fraterna». «Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno» (De dominica oratione, caps. 8-9).

Pidamos hoy a la Santísima Virgen María que nos enseñe a vivir una caridad auténtica. Que sepamos cuidar a nuestros hermanos con la corrección fraterna, acudir con frecuencia al perdón de la Confesión, y cultivar la belleza de la oración comunitaria, para que Jesús habite siempre en medio de nosotros. Amén.

«Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano.

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el Cielo.Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir; mi Padre que está en los Cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mateo 18, 15-20)

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