¡Una página de oro! ¡Cuánta riqueza y profundidad en un encuentro lleno de naturalidad y sinceridad por ambas partes! Una página tan densa que desborda los límites de una homilía. Ciñámonos a ese escepticismo que reservamos, como la samaritana, ante las verdades que están más allá de lo de todos los días. Inicialmente la mujer se extraña que un judío le dirija la palabra. Jesús pasa por alto los prejuicios sociales y el tono desenvuelto y un tanto hosco de ella y le dice que es dueño de un agua que apaga la sed para siempre.
El escepticismo aparece: "¿eres tú más que nuestro padre Jacob...? ¿Es que hay algo mayor y mejor que los bienes de este mundo? Tenemos sed de bienestar, de afirmación personal..., pero vamos a apagarla en los aljibes de este mundo (Cf Jer 2,13). Jesús que conoce bien las expectativas del corazón humano dice: "Si conocieras el don de Dios..." ¡Palabras eternas, que saben a plenitud, y que despertaron en ella la sed de absoluto que toda criatura siente, provocando esta petición: "Señor dame esa agua"!











