Nos reunimos hoy para acoger la Palabra de Dios, que este domingo se nos presenta con la fuerza y la belleza de una gran fiesta. La liturgia de este domingo presenta la salvación como un banquete real, símbolo de todos los bienes, al que Dios nos invita.
“Preparará el Señor de los
ejércitos para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares
suculentos... Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los
pueblos... Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las
lágrimas de todas las gentes” (1ª lectura). Desde antiguo, y mediante símbolos
fácilmente comprensibles, los Profetas habían anunciado el Cielo como destino
definitivo de la humanidad.
El mismo Dios nos habría de conducir hasta ese monte santo.
Así lo expresa el Salmo responsorial: El Señor es mi pastor... me conduce hacia
fuentes tranquilas. Me guía por el sendero justo... Aunque camine por cañadas
oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan...
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré
en la casa del Señor, por años sin término
La liturgia nos
revela el misterio de la salvación bajo la imagen de un banquete regio. Dios
mismo es el Rey que prepara las bodas de su Hijo y nos hace llegar una
invitación que es, al mismo tiempo, universal y completamente gratuita.
Como nos narra el Evangelio a través de esta parábola
magistral, el amor de Dios no conoce fronteras ni exclusiones. El Rey manda a
sus criados a los cruces de los caminos para llamar a todos, buenos y malos.
Nadie queda fuera del horizonte de la misericordia divina. Desde antiguo, y
mediante símbolos fácilmente comprensibles, los Profetas habían anunciado el
Cielo como destino definitivo de la humanidad. El Salmo responsorial nos dice:
El Señor es mi pastor, me conduce hacia fuentes tranquilas. Me guía por el
sendero justo. (Salmo 22) Jesús es nuestro Pastor y de mil maneras nos invita a
seguirle libremente, nos da el regalo inmenso de nuestra vocación cristiana: la
llamada universal a la santidad como hijos queridos por Dios.
El Evangelio nos habla también del rechazo de los invitados:
El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Pero los invitados no quisieron asistir al banquete a pesar de la insistencia real.
El Señor ofrece bienes inimaginables, y los hombres en muchas ocasiones no los
valoramos. Los convidados pueden estar representados hoy por esos hombres que,
sumergidos en sus asuntos y negocios, parecen no necesitar para nada a Dios. Frente
a la magnanimidad divina, la parábola nos sitúa ante un misterio doloroso: el
peligro de la indiferencia. El Evangelio nos muestra que muchos de los primeros
invitados no quisieron asistir. Unos se fueron a sus campos, otros a sus
negocios, y algunos incluso maltrataron a los siervos. El Señor nos ofrece
bienes inimaginables, la plenitud de la vida eterna, el perdón y la paz
interior, y sin embargo, en muchas ocasiones, los hombres no los valoramos.
En una sociedad como la nuestra, aquí en Valencia, rodeados
de tantas opciones y comodidades, corremos el riesgo de que el bienestar
material y nuestra propia debilidad nos anestesien el alma y nos aparten de la
santidad cristiana. San Josemaría nos advertía con fuerza contra este
aburguesamiento espiritual. En una de sus homilías afirmaba: "Si no hay
lucha, no hay santidad; si no hay resistencia a la comodidad, al egoísmo, al
abandono, no puede haber amor". La indiferencia no es solo un "no"
rotundo a Dios; a menudo es un "ahora no tengo tiempo", un anteponer
nuestras pequeñas seguridades materiales a la llamada del Rey.
Pero la misericordia de Dios es infinita y no se rinde ante
nuestros desplantes. El banquete se llena de comensales. Sin embargo, al entrar
el Rey, se fija en un hombre que no lleva el traje de fiesta. Este detalle de
la parábola es crucial. Nos enseña que el amor divino no deja de llamarnos,
pero exige de nosotros una respuesta auténtica. No basta con "estar"
físicamente en la Iglesia, no basta con cumplir exteriormente o haber recibido
la invitación por el bautismo. El traje de fiesta simboliza la conversión del
corazón, la gracia santificante y las obras de fe que deben vestir nuestra
existencia.
El Papa Benedicto XVI lo explicaba con gran claridad al
señalar que el traje de boda que el Señor nos pide es el traje de la caridad y
de la fe viva. Dios nos acepta como somos, sí, pero no nos deja como estamos.
Nos llama para transformarnos: perdonarnos, santificarnos y divinizarnos: es
decir llenarnos de paz y alegría. Entrar
en el banquete implica dejarse revestir de Cristo, purificar nuestras
intenciones en el sacramento de la Reconciliación y permitir que la gracia
modele nuestras acciones diarias en medio del mundo, en nuestro trabajo, en
nuestras familias y en nuestras relaciones sociales.
Nos recuerda San Josemaría: “Fíjate bien: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y
ni a uno solo deja de llamar el Maestro. Les llama a una vida cristiana, a una
vida de santidad, a una vida de elección, a una vida eterna” Forja n.13
Tomémonos en serio la invitación de Dios. Todo está preparado. Se trata de una fiesta que no puede compararse, por su magnificencia, a cualquier alegría de este mundo. ¡También yo estoy invitado! ¡Yo!, que tengo a veces la sensación de no ser más que un número en el registro civil o en el listín telefónico. Abandonemos esa idolatría del trabajo que no encuentra tiempo para Dios, que desoye las continuas llamadas del Padre del Cielo. Dios es demasiado grande para que le demos sólo una parte de nuestro corazón, de nuestro tiempo, de nuestro esfuerzo. Él, que es nuestro Pastor, “nos hará recostar en verdes praderas, y, como sigue rezando el Salmo nada nos faltará.
Esta conversión sincera lejos de encerrarnos en nosotros
mismos, nos comunica una fuerza irresistible: nos lleva a la vibración
apostólica. Escuchamos de nuevo el mandato del Rey: "Id, pues, a los
cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis". Estas
palabras están dirigidas hoy a nosotros de manera directa.
La voluntad salvadora de Dios es universal, abarca a todos
los hombres de todas las épocas. Y Dios quiere valerse de nosotros para que esa
invitación llegue a cada rincón de nuestra ciudad. Como verdaderos discípulos,
estamos llamados a ser esos criados que salen a las plazas, a las
universidades, a los lugares de trabajo, a los ambientes donde se sufre o donde
se busca el sentido de la vida, para decirles a todos: "Venid, que la
fiesta está preparada". San Josemaría nos encendía el alma con este ideal
al recordarnos el alcance de nuestra misión: "De cien almas nos interesan
las cien. No podemos excluir a nadie, porque la Redención de Cristo se ha
obrado para todos". Nuestro apostolado es el desborde de la alegría de
sabernos invitados al banquete de Dios y el deseo sincero de que nuestros
hermanos no se pierdan tanta felicidad.
Terminamos nuestra oración comunitaria acudiendo a nuestra
Madre, la Virgen María. A Ella, que en Valencia invocamos con tanto cariño bajo
la advocación de los Desamparados, y que es siempre la Madre que nos cuida y
nos comprende. María supo vestir desde el primer momento el traje de fiesta con
su "Hágase en mí según tu palabra". Le pedimos a Ella que nos libre
de la ceguera de la indiferencia y del apego a las comodidades que empequeñecen
el corazón. Que nos ayude a renovar cada día nuestra conversión sincera y nos
llene de audacia apostólica para llevar la alegría del Evangelio a todos los
que nos rodean. Amén.
Los invitados al banquete
«Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus criados a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros criados ordenándoles: Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas. Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon uno a sus campos, otro a sus negocios; los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y dieron muerte. El rey se encolerizó y enviando a sus tropas, acabó con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Luego dijo a sus criados: Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis. Los criados, saliendo a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas. Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda? Pero él se calló. Entonces dijo el rey a sus servidores: Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.» (Mateo 22, 1-14)

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