¿Es obligatorio pagar los impuestos? La pregunta
malintencionada de los doctores de Israel fue contestada por el Señor con una
hondura y en forma tan precisa y brillante, que les dejó mudos. El pago de los
impuestos a Roma era considerado por algunos como colaboracionismo con el poder
extranjero y un desdoro hacia Dios por parte del pueblo elegido. Decir que sí,
era desacreditarse ante el pueblo. Decir que no, se convertía en un pretexto
para denunciarlo ante la autoridad romana.
“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios” (v. 21). Con este dicho, el Señor no solo desbarató la treta que le
planteaban, sino que también sentó las bases para una recta distinción entre el
poder temporal y el espiritual y para una actuación cristiana coherente en
medio del mundo.
Con excelente sabiduría, Jesús invita a observar la moneda
que servía para pagar y a verificar la presencia de la efigie del César acuñada
en ella. San Hilario parafraseaba la respuesta de Jesús así: “La moneda del
César está hecha en el oro, en donde se encuentra grabada su imagen; la moneda
de Dios es el hombre, en quien se encuentra figurada la imagen de Dios; por lo
tanto dad vuestras riquezas al César y guardad la conciencia de vuestra
inocencia para Dios”.
El Papa Francisco retoma esta idea cuando dice: “La
referencia a la imagen de César, incisa en la moneda, dice que es justo
sentirse ciudadanos del Estado de pleno título —con derechos y deberes—; pero
simbólicamente hace pensar en otra imagen que está impresa en cada hombre: la
imagen de Dios. Él es el Señor de todo y nosotros, que hemos sido creados «a su
imagen» le pertenecemos ante todo a Él”
El cristiano ha de ser un ciudadano ejemplar, dice en
esencia Jesús. Hay que obedecer a las autoridades legítimas, a las leyes
civiles justas, pagar los impuestos razonables, votar en conciencia a quienes
se estime más capacitados y honrados, rezar por los que gobiernan porque su
responsabilidad es mucha y a todos interesa el buen gobierno... No niega el
Señor la legítima autoridad y la autonomía en los asuntos temporales, pero
avisó también que Dios tiene sus derechos, porque la dimensión religiosa del
hombre no puede ser sofocada. De ahí que, aunque no se lo preguntaron, añadió:
“y a Dios lo que es de Dios”. Hay que defender los derechos de la Iglesia, sin
emplearla en beneficio propio o mezclarla con fines meramente temporales.
“En nuestra sociedad se ha creado un enorme vacío moral y
religioso. Todos parecen espasmódicamente lanzados hacia conquistas materiales:
gastar, invertir, rodearse de nuevas comodidades, pasarlo bien... Dios, que
debería invadir nuestra vida, se ha convertido, en cambio, en una estrella
lejanísima, a la que sólo se mira en determinados momentos. Creemos ser
religiosos porque vamos a la iglesia, tratando después de llevar fuera de ella
una vida semejante a la de tantos otros, entretejida de pequeñas o grandes
trampas, de injusticias, de ataques a la caridad, con una falta absoluta de
coherencia” (Luciani, A. Ilustrísimos señores p. 219). Una sociedad sin
valores, o que no los respeta, arrinconando los deberes para con Dios,
verdadero garante de la dignidad humana, está abocada a una creciente
agresividad, a la corrupción y a la mentira.
“La cuestión moral es claramente, hoy más que nunca, una
cuestión de supervivencia” (Ratzinger, J. Presentación Enc. Veritatis S.). Son
muchas las voces, y de distinta procedencia ideológica, que están reclamando la
necesidad de un código ético o moral sobre cuestiones como biología, genética,
armamento, ecología, política, medios de comunicación, economía, etc., que
impida el que, una libertad sin norte, convierta los progresos científicos y
técnicos en instrumentos de servidumbre, de corrupción, de barbarie.
“A Dios lo que es de Dios”. El Señor es la fuente de la vida
de las personas desde su concepción hasta la muerte, fuente que el hombre no
debe cegar. De Él es la familia, santuario de la vida, a la que santificó con
su dilatada estancia en el hogar de Nazaret. De Él es la conciencia en donde
resuena la voz de Dios para cada uno y que no se debe deformar con
informaciones falsas... En una palabra, todo en nuestra vida le pertenece.
“Familia de los pueblos -dice el Salmo Responsorial- aclamad al Señor... Él gobierna
a los pueblos rectamente”.
Damos a Dios lo que es de Dios, cuando le amamos como Él
quiere y merece ser amado, esto es, alabándole y manifestándole nuestra
gratitud y admiración con el ofrecimiento del Sacrificio de la Santa Misa,
“sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso” (Plegaria III);
cuando cumplimos sus mandamientos; cuando creemos y esperamos sinceramente en
Él; cuando no abandonamos la oración; cuando solicitamos su perdón si le hemos
ofendido; y, en fin, cuando trabajamos y nos comportamos con rectitud, honradamente,
apoyados en su ayuda que nunca falta.
A propósito de esta escena y hablando a cristianos que
tienen que santificarse en medio del mundo, san Josemaría recomendaba vivir la unidad
de vida, es decir, conjugar los deberes cívicos con los religiosos sin
invadir ni negar el ámbito de ninguno de ellos. Decía pues: “ya veis que el
dilema es antiguo, como clara e inequívoca es la respuesta del Maestro. No hay
—no existe— una contraposición entre el servicio a Dios y el servicio a los
hombres; entre el ejercicio de nuestros deberes y derechos cívicos, y los
religiosos; entre el empeño por construir y mejorar la ciudad temporal, y el
convencimiento de que pasamos por este mundo como camino que nos lleva a la
patria celeste. (…) La elección exclusiva que de Dios hace un cristiano, cuando
responde con plenitud a su llamada, le empuja a dirigir todo al Señor y, al
mismo tiempo, a dar también al prójimo todo lo que en justicia le corresponde”
Dar a Dios lo que es de Dios
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