El Señor nos llama a trabajar en su viña, es decir a buscar la plenitud de vida cristiana en el lugar en el que nos encontramos. Acompaño mis reflexiones. Homilía Trabajadores en la viña del mundo
Las lecturas que acabamos de escuchar nos sitúan en el corazón de nuestra existencia diaria y de nuestra vocación cristiana. El Evangelio de hoy, la parábola de los obreros de la viña (Mateo 20, 1-16), nos muestra a un Dios que no descansa, que sale a nuestro encuentro en las distintas horas del día y de la vida para invitarnos a colaborar con Él. A la luz de esta parábola, quisiera proponeros tres puntos de reflexión.
1. Un nuevo curso: Esperanza e ilusión compartida con los jóvenes
En estos días de septiembre, los jóvenes han comenzado su nuevo curso escolar. Es un momento de comienzos, de mochilas con nuevos libros y de proyectos de futuro. Por eso nosotros, unidos a ellos en este mes, queremos pedirle especialmente al Señor que nos dé una esperanza nueva y que nos contagie su ilusión infinita de que este va a ser para nosotros un gran año.
La juventud no es solo una etapa de la vida, es un estado del corazón que se renueva cuando nos sabemos hijos de Dios. Como nos recordaba el Papa Francisco en su exhortación Christus Vivit:
«Él vive y te quiere vivo. [...] Por lo tanto, no gastes la vida llorando sobre las heridas, mira el futuro con la esperanza de quien sabe que el Señor está de su parte».
Contagiémonos de esa fuerza joven para empezar este curso con la alegría de estrenar una nueva oportunidad de servir a Dios y a los demás.
2. La viña es el mundo: Profesionalidad y amor en lo ordinario
En segundo lugar, la parábola de la viña nos recuerda con fuerza que todos estamos llamados a santificarnos en medio del mundo: en el trabajo profesional, en la atención a la familia y en el lugar que cada uno ocupamos en la sociedad. La viña del Señor no es un lugar apartado; es tu oficina, tu taller, tu hogar, el hospital o la cátedra.
Esta llamada a la santidad en el mundo conlleva la perfección y la profesionalidad en nuestras tareas cotidianas, y el amor entrañable que ponemos en ellas. No podemos ofrecer a Dios un trabajo mal acabado o hecho de mala gana. Nuestro titular, san Josemaría Escrivá, condensaba este misterio con unas palabras que tocan el núcleo de nuestra vida diaria:
«Santificar el trabajo. Santificarse en el trabajo. Santificar con el trabajo. [...] Que tu vida de profesional —la que sea— sea un constante holocausto de olor suave, un trabajo santo y noble, agradable a Dios». (Es Cristo que pasa, n. 46)
El trabajo se convierte así en oración continua cuando se realiza con competencia técnica, rectitud de intención y espíritu de servicio.
3. Toda una vida para luchar por amor hasta el último instante
Por último, la jornada de trabajo de la que habla el Evangelio hace referencia a la totalidad de nuestra vida. Dios sale a buscar obreros a primera hora, a media mañana, e incluso a las cinco de la tarde. No importa el momento en el que hayamos escuchado su voz de manera más consciente; lo decisivo es nuestra respuesta.
Al final del día, el denario que el señor reparte —igual para todos— es la felicidad plena, la vida eterna. Saber que nos espera ese premio inmerecido, fruto de la misericordia divina, nos impulsa a luchar por amor hasta el último instante. No trabajamos por un cálculo humano de méritos, sino movidos por la gracia. El Papa Benedicto XVI nos lo explicaba magistralmente al meditar sobre este pasaje:
«La justicia de Dios no se mide con los criterios humanos, sino con el amor. El jornal de los obreros es la participación en la vida de Dios, la salvación eterna, un don que supera toda medida humana y que se acoge con gratitud»
Esta perspectiva nos da la fuerza para perseverar en el esfuerzo diario, afrontando el cansancio y las dificultades con el corazón puesto en el Cielo.
Invocación final a la Santísima Virge
Al concluir nuestra Eucaristía, acudimos a nuestra Madre, la Virgen María. A Ella, que vivió una vida corriente y callada en el hogar de Nazaret, transformando lo ordinario en algo divino, le pedimos:
Que nos conceda mantener viva esa ilusión infinita al comenzar este nuevo curso.
Que nos enseñe a trabajar con amor y perfección en nuestra viña diaria.
Que nos acompañe con su protección maternal para luchar con fidelidad hasta el último instante, con la mirada puesta en el denario de la vida eterna.
La viña del Señor
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: -Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: -¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: -Nadie nos ha contratado. El les dijo: -Id también vosotros a mi viña. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: -Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: -Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. El replicó a uno de ellos: -Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos” (Mateo 20,1-16).
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