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jueves, 24 de septiembre de 2026

El día del Señor: Domingo 26 del T.O. (A)

 

En esa llamada a trabajar en la viña, a la santidad en lo ordinario, nos impulsa a recomenzar siempre que haga falta. Acompaño mis reflexiones

La llamada a la viña y la alegría de recomenzar

La escena que contemplamos hoy en el Evangelio de San Mateo tiene lugar en el Templo de Jerusalén. Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo rodean a Jesús. Se ufanan de ser fieles cumplidores de la ley divina, pero sus corazones están lejos de Dios; escuchan, pero no hacen caso. Ante esta actitud, Jesús responde con la parábola de las dos respuestas: el padre que envía a sus hijos a trabajar a la viña. Con ella, el Señor nos deja a nosotros una lección imborrable para nuestra propia vida interior.
1. La llamada a la santidad en lo cotidiano: «Ven a trabajar a mi viña»
En el inicio de este nuevo curso académico y pastoral, el Señor nos insiste a través de esta parábola en la llamada universal a la santidad. Ir a la viña no significa abandonar nuestras responsabilidades para refugiarnos en el templo, sino descubrir que nuestras tareas cotidianas —el estudio, el trabajo profesional, la atención a la familia, el cuidado de los amigos, las relaciones sociales y el descanso— adquieren una dimensión insospechada: todas ellas son la viña del Señor.
En un refugio cercano a la cima del Mont Blanc se lee un rótulo en alemán que dice: «Mi puesto está en la cumbre». Estas palabras reflejan el ideal noble de todo buen montañero. Pero para nosotros, los cristianos, adquieren una dimensión divina aún más profunda. ¡Nuestro puesto está en la cumbre de la vida ordinaria, santificando el mundo desde dentro! Como enseñaba San Josemaría en una homilía en la Universidad de Navarra:
«Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres».
Nuestras cumbres diarias son la mesa de trabajo, el mostrador, el aula o el hogar. Con la llamada divina, esos lugares alcanzan un horizonte de plenitud y auténtica felicidad.
2. La fragilidad humana y la gracia de rectificar
La respuesta de los dos hijos de la parábola expresa con realismo nuestra propia fragilidad. Uno dice que no, pero luego recapacita y va; el otro dice un "sí" de palabra que se diluye en la pereza. El Señor conoce nuestro barro y nos anima continuamente a rectificar. Como hizo durante su vida pública, Jesús no se cansa de llamar a la puerta de nuestro corazón. En el libro del Apocalipsis leemos: «Mira que estoy a tu puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él».
Para abrirle la puerta este curso, contamos con los canales de la gracia: la fidelidad a la Eucaristía dominical, la lectura reposada del Evangelio, y ese abrazo amoroso y restaurador del Padre que recibimos en la Confesión. El Papa Francisco nos recuerda con insistencia esta paciencia divina:
«Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir su misericordia».
Por eso, nuestra petición de una esperanza nueva para este curso debe ir acompañada de la certeza de que disponemos de la ayuda divina para recomenzar siempre que haga falta. San Agustín, que experimentó profundamente lo que significa recapacitar y cambiar de vida, comentaba sobre el amor paciente de Dios:
«Dios nos busca antes de que nosotros le busquemos; nos llama cuando aún estamos lejos y nos espera con los brazos abiertos».
Para mantener este espíritu de conversión diaria, os propongo una buena jaculatoria para repetir muchas veces al día: «Gracias, Señor; perdón, Señor; ¡te amo!; ¡ayúdame más!».
3. La obediencia por amor y el ejemplo de la Cruz
Finalmente, el Señor no nos pide nada que Él no haya hecho primero. Nos da ejemplo con una obediencia asombrosa a la Voluntad de su Padre. El Hijo de Dios ha venido para salvarnos con su obediencia por amor, una obediencia llevada hasta el extremo: «hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2, 8). Con este abajamiento asombroso nos muestra hasta dónde llega su locura de amor singular y divina por cada uno de nosotros.
San Josemaría contaba conmovido en una tertulia lo que sentía en su corazón al mirar al crucificado:
«Al hablar con el Señor clavado en la Cruz, sentía en mi interior: “Josemaría, yo estoy cosido con hierros a la Cruz porque te quiero... y tú, ¿por mí qué haces?”».
Eso mismo nos dice hoy el Señor, realmente presente en el altar en cada Santa Misa. Nos mira desde la Hostia Santa y nos invita a reflejar su entrega a través de nuestra lucha cotidiana por trabajar con alegría en su viña.
El Papa Benedicto XVI sintetizó bellamente esta entrega al afirmar que:
«Quien deja entrar a Cristo en su vida no pierde nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, lo da todo».
Pongamos todas estas intenciones en manos de la Virgen María. Ella, que con su «Fiat» pronunció el "sí" más perfecto y fecundo de la historia, nos enseñará a cumplir con amor la Voluntad del Padre y a recomenzar con alegría cada día en el trabajo de la viña. Amén.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32 En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: —«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña". Él le contestó: "No quiero". Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor". Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?». Contestaron: —«El primero». Jesús les dijo: —«Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis». Palabra del Señor.

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