Ante la cercanía de la Semana Santa, el Prelado recuerda la centralidad de Jesucristo en la vida del cristiano.
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Se acerca la Semana Santa. Procuremos vivir los próximos días con intensidad, de modo que siempre de nuevo podamos decir con San Pablo: mihi vivere Christus est!, ¡para mí vivir es Cristo! (cfr. Fil 1,21). El Señor no es para nosotros solo un ejemplo. Me viene a la memoria un comentario del Papa: «A mí siempre me llamó mucho la atención que el Papa Benedicto dijera que la fe no es una teoría, una filosofía, una idea: es un encuentro.
Un encuentro con Jesús»[1]. Para nosotros vivir es Cristo. Y si, a veces, por debilidad, cansancio, o por tantas circunstancias de la vida, perdemos de vista esta realidad, Él siempre nos está esperando, e incluso se hace el encontradizo con los que no le buscan[2].
Leer el Evangelio con cariño nos ayuda a crecer en la amistad con Jesús, «de la que todo depende»[3]: a buscarle, encontrarle, tratarle, amarle[4]. Al contemplar la vida del Señor, Dios siempre nos sorprenderá con luces nuevas. Aunque a veces pueda parecer que esa lectura no deja huella, después vienen a los labios o al pensamiento las palabras de Jesús, sus reacciones y sus gestos, que iluminan las situaciones ordinarias o menos ordinarias de nuestra vida.
































