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jueves, 4 de mayo de 2017

“La agencia de subrogación solo contaba las historias felices”

Kelly Martínez vive en Dakota del Sur (EE.UU.), donde la maternidad subrogada es legal, y ella ha servido como vientre de alquiler en varias ocasiones. La imagen que se ofrece allí de esta práctica es bastante idílica. “En EE.UU., la subrogación se cuenta como una cosa maravillosa, pero no lo es”, confiesa a Aceprensa, porque ha podido comprobar en sí misma la deshumanización a que un proceso como este somete a mujeres y niños.

Su camino hacia la decepción comenzó en 2015. Ese año, una agencia de servicios de maternidad subrogada la puso en contacto con una pareja española. Con la misma claridad con que en el súper se pide un kilo de ternera y otro de filetes de añojo, los padres intencionales fueron claros en su pedido: querían dos bebés, niño y niña. Pagarían por eso, ergo, exigían una exactitud matemática en la compra.
El embrión femenino, sin embargo, se malogró, y el masculino se dividió y dio lugar a dos niños. “Dijeron entonces que no iban a pagar por eso; que lo convenido era pagarle a la clínica específicamente por un niño y una niña. Pidieron una explicación al hospital, y la relación conmigo se enrareció. Vinieron a verme, pero no se preocuparon por mí. Y caí enferma, lo que después me llevó a dar a luz tempranamente. Pero su único interés era por qué dos varones”.
Aceprensa
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