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miércoles, 31 de mayo de 2017

Una guerra relámpago y 50 años de estancamiento

Entre el 5 y el 11 de junio de 1967, en una campaña militar relámpago, Israel ocupó Jerusalén este, Cisjordania, la franja de Gaza, la península del Sinaí y los altos del Golán, con la consiguiente derrota de los ejércitos de Jordania, Egipto y Siria. 
Hace cincuenta años, la Guerra de los Seis Días cambió el escenario geopolítico de Oriente Medio, pero también fue el comienzo de una situación de estancamiento del conflicto palestino-israelí que hoy parece más lejos que nunca de encontrar un camino para la paz.
Se ha dicho que las guerras se libran dos veces: una sobre el terreno, y la otra en las páginas de la historiografía, aunque también se combate en los foros de la opinión pública. Los israelíes ganaron en el campo de batalla al desarrollar una brillante operación militar, en la que pusieron en práctica el método de la guerra preventiva. Esta les sirvió, por ejemplo, para destrozar a la fuerza aérea egipcia en sus propios aeródromos y de paso neutralizar al Egipto de Nasser, su enemigo más visible. La forzosa, aunque ineficaz, reacción de jordanos y sirios solo sirvió para aumentar la derrota árabe y dar mayores alas al sueño abrigado por el sionismo desde finales del siglo XIX: la recuperación para Israel de lugares de su tradición histórica como la parte antigua de Jerusalén y el territorio de Cisjordania, identificado por los colonos judíos con las Judea y Samaria bíblicas.

Luego vendrían las interpretaciones historiográficas, las que afirman que fue una guerra accidental, motivada por la percepción del presidente egipcio, supuestamente alentada por sus aliados soviéticos, de que tropas israelíes se estaban desplegando en la frontera egipcia del Sinaí y en la de Siria. En realidad, el detonante más llamativo de la contienda fue el bloqueo del estrecho de Tirán, entre el golfo de Aqaba y el mar Rojo, por la artillería egipcia, que cerraba el paso a los barcos mercantes israelíes. Con ese acto hostil, Nasser pretendería acrecentar su papel como líder del mundo árabe, dividido entonces entre monarquías conservadoras y repúblicas progresistas, otro ejemplo de las tensiones de la guerra fría. En aquel 1967, Egipto estaba además atrapado en la guerra civil de Yemen, en la que sus fuerzas apoyaban a los republicanos yemeníes frente a la monarquía tradicional respaldada por los saudíes. Tampoco las iniciativas panarabistas de Nasser, con todos sus ingredientes de nacionalismo, socialismo y antiimperialismo, parecían tener mucho eco en el exterior, sobre todo desde el fracaso de la República Árabe Unida, una asociación a la que Siria puso fin en 1961.

Una guerra por el liderazgo del mundo árabe

¿Qué podía reforzar, entonces, el papel de Nasser como líder del mundo árabe? La lucha contra el enemigo sionista, con el precedente del fracaso de la intervención franco-británica en el canal de Suez (1956), secundada por Israel. Derrotado en el terreno, el presidente egipcio había salido fortalecido con la retirada de sus enemigos, gracias a las reticencias de americanos y soviéticos a involucrarse en un conflicto que nada les aportaría y los colocaría al borde de una conflagración mundial. Era el momento de transformar a Nasser en el nuevo Saladino, el sultán que arrebató Jerusalén a los cruzados en el siglo XII, un papel que luego se arrogarían Hafez al-Asad y Sadam Husein para el consumo de sus respectivas opiniones públicas.
Habían pasado veinte años desde que Abdel Rahman Azzam, secretario general de la Liga Árabe, expresara que la presencia israelí en Palestina era un fenómeno forzosamente temporal. Quizás no se pudiera erradicar en el momento, pero el tiempo sería el gran aliado de los árabes. Los israelíes eran equiparados a los cruzados, a los que se tardó dos siglos en expulsar completamente de Palestina. Nasser participaba de la misma opinión, si bien él pretendía acelerar las cosas por medio de la unidad árabe contra un enemigo común, una iniciativa que, de paso, debilitaría a las monarquías prooccidentales, como Jordania y Arabia Saudí, eclipsadas por el protagonismo de un Saladino del siglo XX llamado Gamal Abdel Nasser. Una vez más, los palestinos, tal y como había sucedido en la primera guerra árabe israelí (1948-1949), se convertían en instrumento de la política y los intereses nacionales de los países árabes de la región.

La retórica de Nasser

De la fascinación por la retórica de Nasser escaparon pocos egipcios de su época. Ni siquiera el escritor y posterior premio Nobel egipcio, Naguib Mahfuz, se libró entonces del influjo de unos discursos que alimentaban el espejismo de un paseo militar hasta Tel Aviv de la que pretendía presentarse como la primera potencia de Oriente Medio. La derrota egipcia llevaría al escritor a abandonar la escritura de novelas durante cinco años. Tiempo después, Mahfuz se vio obligado a reconocer que el conflicto con Israel solo había servido para perjudicar a Egipto con pérdida de vidas, penurias económicas y afianzamiento de un gobierno autoritario.
En realidad, Nasser había subestimado las capacidades de Israel para una acción militar efectiva y autónoma por creerle demasiado dependiente de EE.UU., por entonces empantanado en la guerra de Vietnam. Sin embargo, el presidente egipcio tuvo la habilidad de convertir su derrota en victoria moral ante su pueblo y siguió fomentando sus mensajes panarabistas y antisionistas. Atribuyó a la falta de unidad de los árabes la responsabilidad de la victoria sionista, e incluso la revolución libia de Gadafi le dio todavía impulso para soñar con proyectos de unidad panarabista.
Sin embargo, en 1970, con apenas 52 años, Nasser falleció inesperadamente de un paro cardiaco. Con él se irían también las aspiraciones de liderazgo en el mundo árabe, pues su sucesor Anuar Sadat daría preferencia a los intereses egipcios, que pasaban por recuperar la península del Sinaí, si bien antes hubo tiempo para la guerra del Yom Kipur (octubre de 1973), nueva derrota de egipcios y sirios frente a Israel, aunque al menos fue de utilidad para restaurar la autoestima militar de Egipto.

Israel, entre la legitimidad y la seguridad

En lo que respecta a Israel, las palabras de la viceministra de asuntos exteriores, Tzipi Hotovely, respecto al 50 aniversario de la guerra, son una reafirmación del derecho histórico y legal de los israelíes sobre Cisjordania. Hotovely considera el conflicto como “una de las mayores victorias de la historia de Israel. Nos devolvió partes de nuestra tierra natal y cambió nuestra situación estratégica”. El gobierno del Likud de Benjamín Netayanhu, en coalición con el partido ultranacionalista Israel Beitenu (Israel es nuestro hogar), no ha dejado de expresar su satisfacción por este aniversario. Es la primera vez en la historia del país que un gobierno de estas características reivindica abiertamente y sin complejos la victoria de 1967.
La conquista de Cisjordania y Jerusalén este supondría el retorno al Israel histórico, pues los primeros colonos judíos llegados a Palestina, a principios del siglo XX, no demostraron demasiado interés por el interior sino por las llanuras fértiles y costeras del Mediterráneo donde surgió la nueva ciudad de Tel Aviv en 1909. Era una época en que el movimiento sionista buscaba tierras que permitieran asentamientos estables. Si los judíos pretendían consolidarse en Palestina, por entonces una provincia del imperio otomano, tendrían que ser, ante todo, agricultores. No había demasiados planteamientos de corte bíblico en este proyecto, pues el sionismo surgió como un nacionalismo de corte laico, al estilo de otros nacionalismos europeos de la época.
El enfoque de retorno a las tierras bíblicas se consolidó plenamente con la creación del Estado de Israel. Desde una perspectiva de fe o de tradición cultural, muchos israelíes contemplarían los acontecimientos de 1967 como una especie de legitimación divina de la presencia de Israel en Palestina, con el establecimiento de un vínculo indestructible con una tierra sagrada. Pero un efecto de este enfoque serían los asentamientos de colonos en los nuevos territorios ocupados, principal causa de la paralización del proceso de paz palestino-israelí y que dificulta la solución, defendida incluso por el presidente Trump, de los dos Estados. Por tanto, se comprende que sean los habitantes de los asentamientos judíos los que demuestren un mayor entusiasmo por el cincuentenario de la Guerra de los Seis Días.
Más discreta, e incluso indiferente, es la actitud de una gran mayoría de los residentes en zonas urbanas. No lo ven como un “conflicto glorioso y justificado,” y en algunos casos puede producirles una cierta incertidumbre respecto al futuro porque el conflicto no se resolverá con la consideración de los palestinos como “árabes-israelíes”: las “presencias ausentes”, en expresión del novelista David Grossmann. La mayoría de los palestinos no renunciarán a tener su propio Estado, pero el obstáculo para conseguirlo no solo es el gobierno israelí, que excluye los derechos y aspiraciones palestinas, sino la encarnizada división ideológica entre Fatah y Hamás. De hecho, el argumento israelí más extendido para no abandonar Cisjordania es que los palestinos repetirían lo sucedido en la franja de Gaza: devuelto el territorio en 2005, ha sido el origen frecuente de ataques contra Israel con las consiguientes represalias militares.

Existe además un planteamiento estratégico y de seguridad en la ocupación de los territorios. Recuerda a lo que decía Metternich durante el congreso de Viena (1815): la seguridad se basa en la posesión. La península del Sinaí y la franja de Gaza han sido moneda de cambio en el proceso de paz con los árabes, y tal hubiera sido el destino de los altos del Golán sirios si la seguridad del norte de Galilea no estuviera en permanente riesgo, acrecentado además por la guerra civil siria. En el fondo, el argumento de la seguridad es el que prevalece. Conforme se han ido extendiendo los asentamientos de los colonos, Israel se ve obligado a garantizar su seguridad, lo que difícilmente es incompatible con una paz estable entre palestinos e israelíes.
aceprensa.com

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